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11 de agosto de 2022

🎕 Santa Clara de Asís🎕



Santa Clara acostumbraba tomar los trabajos más difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una.  Pendiente de los detalles más pequeños y siendo testimonio de ese corazón de madre y de esa verdadera respuesta al llamado y responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos.  Para Santa Clara la pobreza era el camino en donde uno podía alcanzar más perfectamente esa unión con Cristo.

Santa Clara, a pesar de ser superiora, tenía la costumbre de servir la mesa y brindar agua a las religiosas para que lavasen sus manos, y cuidaba solícitamente de ellas.  Cuentan que se levantaba todas las noches a verificar si alguna religiosa estaba destapada.

San Francisco muchas veces le envió enfermos a San Damián y Clara los sanaba con sus cuidados.  Ni aun estando enferma, lo que era frecuente, omitía el trabajo manual.  Se dedicaba a bordar corporales, en la misma cama, que mandaba a las iglesias pobres de las montañas del valle.

Así como en el trabajo era ejemplo para las religiosas, lo era también en la vida de oración.  Después de las completas, último oficio del día, permanecía largo rato sola, en la iglesia ante el Crucifijo que había hablado a san Francisco.  Allí rezaba el “Oficio de la Cruz”, que había compuesto San Francisco.  Estas prácticas no le impedían levantarse por la mañana muy temprano, para levantar a las hermanas, encender las lámparas y tocar la campana para la misa primera.

Según la leyenda, una vez fue el papa a San Damián; santa Clara hizo preparar las mesas y poner el pan en ellas, para que el pontífice lo bendijera.  El papa pidió a la santa que fuera ella quien lo hiciera, a lo que Clara se opuso rotundamente.  El papa la instó por santa obediencia a que hiciera la señal de la cruz sobre los panes y los bendijera en el nombre de Dios.  Santa Clara, como verdadera hija de obediencia, bendijo muy devotamente aquellos panes con la señal de la cruz, y al instante apareció en todos los panes la señal de la cruz.

Su cama, en los inicios, eran haces de sarmiento con un tronco de madera por almohada; después la cambió en un pedazo de cuero y un áspero cojín; por orden de Francisco y en obediencia a el se redujo a dormir después en un jergón de paja, debido a su enfermedad.

Siempre vivió una vida austera y comía tan poco que sorprendía hasta a sus propias hermanas. No se explicaban como podía sostener su cuerpo. Durante el tiempo de cuaresma y en los ayunos de Adviento y de San Martín, Clara no se alimentaba sino tres días en la semana, pasaba días sin probar bocado y los demás días los pasaba a pan y agua. Era exigente con ella misma y todo lo hacía llena de amor, regocijo y de una entrega total al amor que la consumía interiormente y su gran anhelo de vivir, servir y desear solamente a su amado Jesús.

Por su gran severidad en los ayunos, sus hermanas, preocupadas por su salud, informaron a San Francisco quien intervino con el Obispo ordenándole a comer, cuando menos diariamente, un pedazo de pan que no fuese menos de una onza y media.  Para reemplazar la mortificación corporal, observó por largo tiempo la práctica de usar a raíz del cuerpo una camisa de cuero de cerdo con la parte velluda hacia dentro.

Estando una vez Clara gravemente enferma en la solemnidad de la Natividad de Cristo, fue transportada milagrosamente a la iglesia de San Francisco y así pudo asistir a todo el oficio de los maitines y de la misa de medianoche, y además pudo recibir la sagrada comunión; después fue llevada de nuevo a su cama.

Federico II mantenía una guerra contra el Papa y lanzó a los Estados Pontificios arqueros mahometanos, sobre los que no tenían ningún poder las excomuniones del Papa.  En 1240, desde la cima de la fortaleza de Nocera, a corta distancia de Asís, los sarracenos cayeron sobre el valle de Espoleto y fueron a embestir el convento de San Damián.  La entrada de los musulmanes en el monasterio significaba para las monjas no solo la muerte, sino probablemente la violación. Todas, asustadas, se acogieron en torno a Clara, quien se encontraba postrada en la cama debido a una gravísima enfermedad.  Ella se hizo trasladar a la puerta del convento, mandó que le trajeran el cáliz de plata en el que se reservaba el Santísimo Sacramento y cayó de rodillas delante de Él, pidiendo el amparo del cielo para sí y sus hijas.

Cuenta la leyenda que del cáliz salió una voz como de un niño que le dijo: “Yo os guardaré siempre”, tras lo cual se alzó de la oración.  En ese mismo instante los sarracenos levantaron el sitio del monasterio y se fueron a otra parte.

Un año más tarde, en junio de 1241, un milagro parecido, las tropas de Federico, capitaneadas por Vital de Aversa, atacaban a la ciudad de Asís y querían destruirla.  Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.  Este acontecimiento es celebrado siempre por los asisienses como fiesta nacional.

Otra muestra de su fortaleza se manifestó en la lucha que sostuvo por años con el papa Gregorio IX a trueque de sostener la integridad del voto de pobreza.  El pontífice quería convencerla que aceptara algunos bienes para el convento, como lo hacían las demás órdenes religiosas.  A tal punto llegó la disputa que el Papa llegó a decirle que si ella se creía ligada por su voto, él tenía el poder y la obligación de desatárselo, a lo que ella replicó:

“Santísimo Padre, desatadme de mis pecados, mas no de la obligación de seguir a Nuestro Señor Jesucristo”.

Sólo dos días antes de morir vino a obtener Clara, de Inocencio IV y a perpetuidad, el derecho de ser y permanecer siempre pobre.




 Nancy  A. Sparrow




11 de agosto de 2021

🎕Santa Clara de Asís🎕



Todos los 11 de agosto la iglesia celebra a Santa Clara de Asís.  Chiara d'Assisi en italiano, nació en Asís, Italia, en 1194, doce años después que San Francisco de Asís.  Fundadora junto con San Francisco de la Orden de las Hermanas Pobres, conocidas posteriormente como “Clarisas”, instituto perteneciente a la Segunda Orden de los “hermanos menores” o franciscanos. Las clarisas constituyen, de esta manera, la rama femenina de los franciscanos.

Sus padres eran Favorone y Hortolona, ​​de una familia noble y acomodada, San Francisco también era de una familia adinerada, pero él no era un noble.  El padre de Santa Clara era un conde militar, el padre de San Francisco era un comerciante de telas de lujo.  Santa Clara tenía dos hermanas: Inés y Beatriz, más jóvenes que ella.

Todas las familias eran muy religiosas y ayudaban mucho a los pobres.  La madre de Santa Clara dijo que, cuando estaba esperando su nacimiento, fue a rezar ante Jesús Crucificado para pedir un buen parto y escuchó una voz que le decía:
- No, teme mujer, porque salva dará a luz una luz que se apagará. ¡Deja el mundo más claro! ''.
Por eso nombró a su primera hija Clara.

A los dieciocho años, Santa Clara decidió dejarlo todo para seguir a Jesucristo el Pobre, queriendo ser como él: no ser dueña de nada.  Así fue como ella, con algunas compañeras, se incorporó al movimiento franciscano, que estaba iniciando un camino de pobreza.  Fue discípula de San Francisco y siguió el camino de austeridad señalado por él a pesar de la durísima oposición familiar.

Si retrocedemos en la historia, vemos a la puerta de la iglesia de Santa María de los Ángeles (llamada también de la Porciúncula), distante un kilómetro y medio de la ciudad de Asís, a Clara Favarone, joven de dieciocho años, perteneciente a la familia del opulento conde de Sasso Rosso.

En la noche del domingo de ramos, Clara había abandonado su casa, el palacio de sus padres, y estaba allí, en la iglesia de Santa María de los Ángeles.  La aguardaban San Francisco y varios sacerdotes, con cirios encendidos, entonando el Veni Creátor Spíritus.

Dentro del templo, Clara cambia su ropa de terciopelo y brocado por el hábito que recibe de las manos de Francisco, que corta sus hermosas trenzas rubias y cubre la cabeza de la joven con un velo negro.  A la mañana siguiente, familiares y amigos invaden el templo.  Ruegan y amenazan.  Piensan que la joven debería regresar a la casa paterna.  Grita y se lamenta el padre.  La madre llora y exclama: "Está embrujada".  Era el 18 de marzo de 1212.

Cuando Francisco de Asís abandonó la casa de su padre, el rico comerciante Bernardone, Clara era una niña de once años.  Siguió paso a paso esa vida de renunciamiento y amor al prójimo.  Y con esa admiración fue creciendo el deseo de imitarlo.
Clara despertó la vocación de su hermana Inés y, con otras dieciséis jóvenes parientas, se dispuso a fundar una comunidad.  La hija de Favarone, caballero feudal de Asís, daba el ejemplo en todo.  Cuidaba a los enfermos en los hospitales; dentro del convento realizaba los más humildes quehaceres.  Pedía limosnas, pues esa era una de las normas de la institución.  Las monjas debían vivir dependientes de la providencia divina: la limosna y el trabajo.

Pasaron los años siendo la más eficaz ayudante de San Francisco y luego que el falleció, Santa Clara siguió con su inquebrantable lealtad a los ideales de san Francisco y al celoso cuidado de su regla y enseñanza.

Cuando finalmente sintió que el día de su muerte se acercaba, Santa Clara, llamando a sus afligidas religiosa en su torno, les recordó los muchos beneficios que habían recibido de Dios y las exhortó a que perseveraran llenas de fe en la observancia de la pobreza evangélica.  El papa Inocencio IV la visitó en su lecho de muerte, vino desde Perusa para visitar a la santa moribunda, que ya había recibido los últimos sacramentos de manos del cardenal Rainaldo...  Unidas las manos, tuvo fuerzas para pedirle su bendición, con la indulgencia plenaria.  El Papa contestó, sollozando:
- "Quiera Dios, hija mía, que no necesite yo más que tú de la misericordia divina".

Su propia hermana, Santa Inés, retornó de Florencia para consolarla en su última enfermedad; León, Ángel y Junípero, tres de los primeros compañeros de San Francisco, estuvieron también presentes en el lecho mortal, y Santa Clara les pidió que leyeran en voz alta la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, como habían hecho treintaisiete años antes, cuando San Francisco estaba tendido moribundo en la Porciúncula.
Lloran las monjas la agonía de Clara.  Todo es silencio.  Sólo un murmullo brota de los labios de la santa.
- Oh Señor, te alabo, te glorifico, por haberme creado.
Una de las monjas le preguntó:
- ¿Con quién hablas?
Ella contestó recitando el salmo:
- Preciosa es en presencia del Señor la muerte de sus santos.
Finalmente, antes del amanecer del 11 de agosto de 1253, la santa fundadora de las Damas Pobres falleció en paz en la iglesia de San Damián de Asís.

Fue canonizada dos años más tarde, el 15 de agosto de 1255, por el papa Alejandro IV, quien en la bula correspondiente declaró que ella "fue alto candelabro de santidad", a cuya luz "acudieron y acuden muchas vírgenes para encender sus lámparas".
Santa Clara fundó la Orden de Damas Pobres de San Damián (hoy llamada Orden de las hermanas pobres de Santa Clara), llamadas normalmente Clarisas,  rama femenina de los franciscanos, a la que gobernó con fidelidad exquisita al espíritu franciscano hasta su muerte.

Ella fue la primera y única mujer en escribir una regla de vida religiosa para mujeres.  Benedicto XVI indicó que:
- “Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara”.
Su decisión de escribir una regla fue una desviación radical de las normas religiosas de su tiempo.  Solo después de insistir, el Papa Inocencio IV lo aprobó dos días antes de la muerte de Clara, el 11 de agosto de 1253. En su contenido y en su estructura se aleja de las tradicionales reglas monásticas.

Desde hace siete siglos sus restos mortales descansan en la cripta de la Basílica de Santa Clara de Asís.

De ella dijo su biógrafo Tomás Celano:
- "Clara por su nombre; más clara por su vida; clarísima por su muerte".

✝Santa Clara de Asís, intercede por nosotros y por el mundo entero.✝










11 de agosto de 2020

🎕Santa Clara de Asís (3)🎕





El verano del 1253 vino a Asís el papa Inocencio IV para ver a Clara, la cual se encontraba postrada en su lecho.  Ella le pidió la bendición apostólica y la absolución de sus pecados, y el Sumo Pontífice contestó:

«Quiera el cielo, hija mía, que tenga yo tanta necesidad como tú de la indulgencia de Dios».

Cuando Inocencio se retiró dijo Clara a sus hermanas:

«Hijas mías, ahora más que nunca debemos darle gracias a Dios, porque, sobre recibirle a Él mismo en la sagrada hostia, he sido hallada digna de recibir la visita de su Vicario en la tierra».

Desde aquel día las monjas no se separaron de su lecho, incluso Inés, su hermana, viajó desde Florencia para estar a su lado.  En dos semanas la santa no pudo tomar alimento, pero las fuerzas no le faltaban.

Cuenta la historia que estando en el más hondo dolor, santa Clara dirigió su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro.

Marchaba entre ellas una que deslumbraba más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convertía la noche en día luminoso dentro de la casa; era la Bienaventurada Virgen María.  Se adelantó la Virgen hasta el lecho donde yacía santa Clara, e inclinándose amorosamente sobre ella, le dio un abrazo.

Santa Clara murió el 11 de agosto, a los 60 años de edad, rodeada de sus hermanas y de los frailes León, Ángel y Junípero.  De ella se dijo:

«Clara de nombre, clara en la vida y clarísima en la muerte».

La noticia de la muerte de la religiosa conmovió de inmediato, con impresionante resonancia, a toda la ciudad.  Acudieron en tropel los hombres y las mujeres al lugar.  Todos la proclamaban santa y no pocos, en medio de las frases laudatorias, rompían a llorar.

Acudió el podestá con un cortejo de caballeros y una tropa de hombres armados, y aquella tarde y toda la noche hicieron guardia vigilante en torno a los restos mortales de Clara.  Al día siguiente, llegó el Papa en persona con los cardenales, y toda la población se encaminó hacia San Damián.  Era justo el momento en que iban a comenzar los oficios divinos y los frailes iniciaban el de difuntos; cuando, de pronto, el Papa dijo que debía rezarse el oficio de las vírgenes, y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla antes aún de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura.  Sin embargo, el obispo de Ostia le observó que en esta materia se ha de proceder con prudente demora, y se celebró por fin la misa de difuntos.

Muy pronto comenzaron a llegar verdaderas multitudes de peregrinos al lugar donde yacía la religiosa, popularizándose una oración a ella dedicada:

«Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de los hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida».

Luego de su muerte fue enterrada en la capilla de san Jorge a muchos metros de profundidad para evitar a los curiosos, después de pasados varios siglos se desenterró el ataúd y para mayor sorpresa los huesos de la hermana Clara permanecían intactos cosa que es imposible, es así como se puede ver en la actualidad a esta santa.

Su cuerpo es incorrupto y explicando un poco más lo que significa, es la propiedad divina que tiene un cuerpo de no llegar al estado de descomposición después de la muerte y esto sin ser embalsamado ni preservado de ninguna manera.
Fue canonizada un año después de su fallecimiento, por el papa Alejandro IV.

La ubicación actual de los restos de santa Clara desde 1987 descansan en la cripta de la Basílica de santa Clara de Asís.



 Nancy  A. Sparrow


11 de agosto de 2019

🎕Santa Clara de Asís (2)🎕




Días más tarde en que Santa Clara se consagrara al Señor y entrara a formar parte de los hermanos menores en la capillita de La Porciúncula, fue trasladada temporalmente, por seguridad, a las monjas Benedictinas, ya que su padre, al darse cuenta de su fuga, sale furioso en su búsqueda con la determinación de llevársela de vuelta al palacio.  Pero la firme convicción de Clara, a pesar de sus cortos años de edad, obligan finalmente al Caballero Offeduccio a dejarla.

Días más tardes, San Francisco, preocupado por su seguridad dispone trasladarla a otro monasterio de Benedictinas situado en San Angelo.  Allí la sigue su hermana Inés, quien fue una de las mayores colaboradoras en la expansión de la Orden y la hija (si se puede decir así) predilecta de Santa Clara. Le sigue también su prima Pacífica.

San Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor había hablado a su corazón diciéndole, «Reconstruye mi Iglesia».

Esas palabras del Señor habían llegado a lo más profundo de su ser y lo llevó al más grande anonadamiento y abandono en el Señor.  Gracias a esa respuesta de amor, de su gran «Sí» al Señor, había dado vida a una gran obra, que hoy vemos y conocemos como la Comunidad Franciscana, de la cual Santa Clara se inspiraría y formaría parte crucial, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas.

Santa Clara escribió poco después la norma de vida para las hermanas y, por medio del Santo, obtuvieron del papa Inocencio III la confirmación de esta regla en 1215.

Cuando se trasladan las primeras Clarisas a San Damián, San Francisco pone al frente de la comunidad, como guía de Las Damas Pobres a Santa Clara.  Al principio le costó aceptarlo pues por su gran humildad deseaba ser la última y ser la servidora, esclava de las esclavas del Señor.  Pero acepta y con verdadero temor asume la carga que se le impone, entiende que es el medio de renunciar a su libertad y ser verdaderamente esclava.

Y es de este modo que por orden expresa de San Francisco, aceptó Clara el título de abadesa de San Damián.  Hasta entonces Francisco había sido jefe y director de las dos órdenes, pero después que el Papa les aprobó la regla, las monjas debían de tener una superiora que las gobernase.

Santa Clara luchó siempre por la vocación de pobreza de su comunidad, negándose a recibir bienes que acomodasen su vida.  Por eso solicitó y consiguió en 1216 que Inocencio III les otorgase el «Privilegio de la Pobreza».

De este modo se convierte en la madre amorosa de sus hijas espirituales, siendo fiel custodia y prodigiosa sanadora de las enfermas.

Desde que fue nombrada Madre de la Orden, ella quiso ser ejemplo vivo de la visión que transmitía, pidiendo siempre a sus hijas que todo lo que el Señor había revelado para la Orden se viviera en plenitud.

Siempre atenta a la necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre, son recuerdos que aún después de tanto tiempo prevalecen y son el tesoro más rico de las que hoy son sus hijas, Las Clarisas Pobres.




 Nancy  A. Sparrow


11 de agosto de 2018

🎕Santa Clara de Asís🎕



Santa Clara nació en Asís, Italia, en 1193. Su padre, Favarone Offeduccio, era un caballero rico y poderoso. Su madre, Ortolana, descendiente de familia noble y feudal, era una mujer de mucha virtud y piedad cristiana, de gran celo por el Señor y era devota de hacer largas peregrinaciones a Bari, Santiago de Compostela y Tierra Santa.  Dice la tradición que antes de nacer Clara, el Señor le reveló en oración que la alumbraría de una brillante luz que habría de iluminar al mundo entero, y fue por eso que la niña recibió en el bautismo el nombre de Clara, el cual encierra dos significados, «resplandeciente» y «célebre».

Desde sus primeros años Clara se vio dotada de innumerables virtudes y aunque su ambiente familiar pedía otra cosa de ella, siempre desde pequeña fue asidua a la oración y mortificación.

Siempre mostró gran desagrado por las cosas del mundo y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual.  Ya en ese entonces se oía de los Hermanos Menores, como se les llamaba a los seguidores del joven Francisco di Pietro di Bernardone, (San Francisco) quien había vuelto de Roma, con autoridad pontificia para predicar, cuya conversión tan hondamente había conmovido a la ciudad entera. Clara sentía gran compasión y gran amor por ellos, aunque tenía prohibido verles y hablarles.  Le llamaba mucho la atención como los frailes gastaban su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos.

Ella cuidaba de ellos y les proveía enviando a una de las criadas. Todo lo que ellos eran y hacían le llamaba mucho la atención y se sentía unida de corazón a ellos y a su visión.

La conversión de Clara hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. En 1210, cuando ella tenía 18 años, San Francisco predicó en la catedral de Asís los sermones de cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales.  Al oír las palabras:

«Este es el tiempo favorable… es el momento… ha llegado el tiempo de dirigirme hacia El que me habla al corazón desde hace tiempo… es el tiempo de optar, de escoger..»

Sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior y comprendió que el modo de vida observado por el santo era el que a ella le señalaba el Señor.  Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón.  Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a San Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en Él toda su fuerza y entereza.

Cuando su corazón comprendió la amargura, el odio, la enemistad y la codicia que movía a los hombres a la guerra comprendió que esta forma de vida eran como la espada afilada que un día traspasó el corazón de Jesús.  No quiso tener nada que ver con eso, no quiso otro señor más que el que dio la vida por todos, aquel que se entrega pobremente en la Eucaristía para alimentarnos diariamente.  El que en la oscuridad es la Luz y que todo lo cambia y todo lo puede, aquel que es puro Amor.

Renace en ella un ardiente amor y un deseo de entregarse a Dios de una manera total y radical.  Clara sabía que el hecho de tomar esta determinación de seguir a Cristo y sobre todo de entregar su vida a la visión revelada a San Francisco, iba a ser causa de gran oposición familiar, pues el solo hecho de la presencia de los Hermanos Menores en Asís estaba ya cuestionando la tradicional forma de vida y las costumbres que mantenían intocables los estratos sociales y sus privilegios.


Entre los seguidores de Francisco había dos, Rufino y Silvestre, que eran parientes cercanos de Clara y le facilitaron el camino a sus deseos.  Así un día acompañada de una de sus parientes, a quien la tradición atribuye el nombre de Bona di Guelfuccio, fue a ver a San Francisco.  Este había oído hablar de ella, por medio de Rufino y Silvestre, y desde que la vio tomó una decisión: «quitar del mundo malvado tan precioso botín para enriquecer con él a su divino Maestro». Desde entonces Francisco fue el guía espiritual de Clara.

A los pobres les daba una esperanza de encontrar su dignidad, mientras que los ricos comprendían que el Evangelio bien vivido exponía por contraste sus egoísmos a la luz del día.  Para Clara el reto era muy grande. Siendo la primera mujer en seguir a San Francisco.

Santa Clara se fuga de su casa el 18 de Marzo de 1212, un Domingo de Ramos, empezando así la gran aventura de su vocación.  Se sobrepuso a los obstáculos y al miedo para darle una respuesta concreta al llamado que el Señor había puesto en su corazón.  Llega a la humilde Capilla de la Porciúncula donde la esperaban Francisco y los demás Hermanos Menores con antorchas encendidas.  Habiendo entrado en la capilla, se arrodilló ante la imagen del Cristo de san Damián y ratificó su renuncia al mundo «por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre».

Cambió sus relumbrantes vestiduras por un sayal tosco, semejante al de los frailes; trocó el cinturón adornado con joyas por un nudoso cordón, y cuando San Francisco, tomó unas tijeras y le cortó su rubia, larga y hermosa cabellera y le colocó en la cabeza un sencillo manto, entró a formar parte de la Orden de los Hermanos Menores y se consagra al Señor por manos de San Francisco... De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia.

Clara prometió obedecer a San Francisco en todo y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa religiosa.

Para Santa Clara la humildad es pobreza de espíritu y esta pobreza se convierte en obediencia, en servicio y en deseos de darse sin límites a los demás.




 Nancy  A. Sparrow
 

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