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29 de mayo de 2022

♱ Solemnidad de la Ascensión del Señor ♱




Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos!

Es el punto culminante de todo el ministerio terrestre y de la obra salvífica de Cristo.  En esta fiesta, vemos a Cristo glorificado ascender junto al Padre.  Él, nos abre el camino a la vida eterna y nos deja la puerta abierta para que también nosotros participemos junto a Dios de esa gran fiesta y de alegría completa que no tiene caducidad.  Esta es la antesala a la solemnidad que celebraremos el domingo que viene:

«Pentecostés».



Les comparto una reflexión que nos comentaba hace algún tiempo un sacerdote amigo con motivo de la Ascensión del Señor:

El testamento es un documento en el que una persona determina la forma como quiere que se repartan sus pertenencias entre sus herederos. Generalmente, se trata de bienes muebles e inmuebles. Pero no siempre es así.  A veces los testamentos incluyen otra clase de herencias que la persona quiere legar a sus sucesores.

Hace algún tiempo hubo una propaganda de televisión de alguna compañía de seguros que presentaba a un anciano juez que leía el testamento de un hombre muy rico que había fallecido.
En medio de la formalidad del acto, estaban presentes los hijos e hijas del difunto; y junto a ellos, los nietos, nietas, sobrinos, sobrinas y otros familiares cercanos. Todos expectantes y esperanzados en que pudieran tener algún grado de participación en la inmensa herencia que estaba a punto de ser distribuida.

El juez, mirando a los herederos por encima las gafas, comenzó la lectura del testamento: “En uso de mis facultades mentales y cumpliendo con los requisitos que pide la ley, procedo a determinar mi voluntad sobre el destino de mis posesiones:
- En primer lugar, quiero que las tierras de la Hacienda La Ponderosa, incluyendo la casa, el ganado y todos los bienes que hay en ella, se destinen a la comunidad de hermanas del ancianato de Las Misericordias, de mi pueblo natal”.
Inmediatamente, hubo un cuchicheo nervioso entre los presentes... Pero todavía había más, de modo que el juez continuó su lectura:
- En segundo lugar, quiero que las casas que poseo y los apartamentos que tengo, sean destinados al Hogar para niños huérfanos que funciona bajo la dirección de la parroquia de mi pueblo.
El alboroto esta vez fue más sonoro y la cara de sorpresa de los asistentes fue mayor... Y continuó la lectura del testamento:
- En tercer lugar, quiero que todo el dinero que tengo en mis cuentas corrientes y de ahorros, junto con las acciones y certificados de depósito a término que están a mi nombre en distintos bancos y corporaciones, sea entregado a la Clínica del niño quemado, que dirigen las Hermanitas de los desamparados.
Esta vez la reacción de los familiares del difunto fue impresionante... Sin embargo, el silencio se apoderó de todos cuando el juez continuó su lectura pausada y firme:
- Por último, a mis hijos e hijas, a mis nietos y nietas, a mis sobrinos y sobrinas, y a todos mis herederos directos o indirectos, les dejo una recomendación que estoy seguro, los ayudará a salir de su precaria situación económica. Sólo les recomiendo una cosa: ¡Que trabajen!” Y así terminó el solemne acto.


Jesús, al despedirse de sus discípulos antes de ser elevado al cielo para sentarse a la derecha de Dios, nos dejó su testamento, que no estaba constituido por bienes muebles e inmuebles, sino por una misión:

“Vayan por todo el mundo y anuncien a todos este mensaje de salvación”.

La respuesta de sus seguidores fue inmediata: “Ellos salieron a anunciar el mensaje por todas partes; y el Señor los ayudaba, y confirmaba el mensaje acompañándolos con señales milagrosas”.


Hoy, el mismo Señor nos sigue enviando cada día a cumplir esta misión, y nos sigue acompañando en ella.

Esa es su herencia más querida y ese es todavía hoy su testamento. Sólo así cumpliremos su voluntad y podremos considerarnos, efectivamente, herederas de su reino.  Prediquemos el evangelio con nuestra palabra y ejemplo.




 Nancy  A. Sparrow




16 de mayo de 2021

♰Solemnidad de la Ascensión del Señor♰




Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor, día en el que conmemoramos la vuelta de Jesús al Padre y el momento en el que Cristo nos confía la misión de extender el Reino de Dios.

En la actualidad esta solemnidad se celebra el séptimo domingo de Pascua, en lugar del jueves de la sexta semana (como se celebraba antes), que es cuando se cumplen los cuarenta días desde la Resurrección.

La solemnidad de la Ascensión nos sirve de preámbulo a la Fiesta de Pentecostés que observaremos el próximo domingo, cuando se ha de cumplir la promesa de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión:

“Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8; Cfr. Lc 24,49).

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación.


El ascenso del Señor victorioso permanece estrechamente vinculado a su “descenso” del Cielo, ocurrido en la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo.

La Ascensión, por la que el Señor deja el mundo y va al Padre (Jn 16,28), se integra en el misterio de la Encarnación y es su momento conclusivo.

La Ascensión es la culminación de la misión redentora de Jesús. Deja el mundo y regresa al mismo lugar de donde “descendió” al momento de su encarnación: a la derecha del Padre.

Pero no regresa solo.  Aquel que ha bajado, se eleva ahora a los Cielos, llevando consigo una inmensa multitud de redimidos.

Lleva consigo aquella multitud imposible de contar de todos los justos que le antecedieron en el mundo y fueron redimidos por su muerte de cruz.  Las puertas del paraíso que se habían cerrado con el pecado de Adán, ahora estaban abiertas nuevamente.


Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido.

Al lado de la Santísima Virgen María los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre para poder cumplir con el encargo recibido por el Señor antes de su Ascensión:

«Vayan, pues, y hagan discípulos de todos los pueblos, bauti­zándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado»

Todo esto lo llevarán a cabo los Apóstoles una vez recibido el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés.

Este don de lo Alto da un impulso irreprimible a la acción evangelizadora de la Iglesia.


No podemos olvidar que Jesús asciende al Padre. Y, ahora es cuando nos toca a nosotros continuar con el plan de Dios que Él vino a cumplir.

No olvidemos que no estamos solas porque el Espíritu Santo prometido nos acompaña y guía.

Tenemos que ser valientes y decididas.  No tengamos miedo de manifestar nuestra fe. Cristo está con nosotras hasta el final de los tiempos.

Pidamos a nuestra Madre la Virgen, que acoja a todos los difuntos y nos ayude a poder ser buenas cristianas en el lugar en que nos encontremos.



 Nancy  A. Sparrow


 

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