Acuérdate siempre, ¡Deja la ira secar!"
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27 de junio de 2022
Deja la Ira Secar
Mariana se puso toda feliz por haber ganado de regalo un juego de té de color azul. Al día siguiente, Julia su amiguita, vino temprano a invitarla a jugar. Mariana no podía pues saldría con su madre aquella mañana.
Julia entonces pidió a Mariana que le prestara su juego de té para que ella pudiera jugar sola en el jardín del edificio en que vivían. Ella no quería prestar su flamante regalo pero ante la insistencia de la amiga, decidió hacer hincapié en el cuidado de aquel juguete tan especial.
Al volver del paseo, Mariana se quedó pasmada al ver su juego de té tirado en el suelo. Faltaban algunas tazas y la bandeja estaba rota. Llorando y muy molesta Mariana se desahogó con su mamá:
- ¿Ves mamá lo que hizo Julia conmigo?... Le presté mi juguete y ella lo descuidó y lo dejó tirado en el suelo.
Totalmente descontrolada Mariana quería ir a la casa de Julia a pedir explicaciones, pero su madre cariñosamente le dijo:
-Hijita, ¿te acuerdas de aquel día cuando saliste con tu vestido nuevo todo blanco y un coche que pasó y te salpicó de lodo tu ropa?. Al llegar a casa querías lavar inmediatamente el vestido pero tu abuelita no te dejó. Recuerdas lo que dijo tu abuelita?
...Ella dijo que había que dejar que el barro se secara, porque después sería más fácil quitar la mancha.
Con la ira es lo mismo, deja la ira secarse primero, después es mucho más fácil resolver todo.
Mariana no entendía todo muy bien, pero decidió seguir el consejo de su madre y fue a ver la televisión. Un rato después sonó el timbre de la puerta... Era Julia, con una caja en las manos y sin mas preámbulo ella dijo:
- Mariana, recuerdas al niño malcriado, el que a menudo nos molesta?. Él vino a jugar conmigo y no lo dejé porque creí que no cuidaría tu juego de té pero el se enojó y destruyó tu regalo. Cuando le conté a mi madre, ella se preocupo y me llevó a comprar otro igualito, para ti. Espero que no estés enojada conmigo. No fue mi culpa...
- No hay problema, dijo Mariana, mi ira ya se secó.
Dándole un fuerte abrazo a su amiga, la tomó de la mano y la llevó a su cuarto para contarle la historia del vestido nuevo ensuciado de lodo.
Moraleja:
Al leer esta historia, debemos recordar de nunca reaccionar mientras tengamos sentimientos de ira. La ira nos ciega e impide que veamos las cosas como realmente son. Así evitaremos cometer injusticias y ganarás el respeto de los demás por nuestra posición ponderada y correcta en una situación difícil.
Acuérdate siempre, ¡Deja la ira secar!"
d/a
Nancy A. Sparrow
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28 de noviembre de 2021
♱ ¡Adviento! ♱
La Iglesia Católica propone antes del 25 de diciembre, un periodo de reflexión y preparación espiritual
para la Navidad y para recibir el nacimiento de Jesús, que consta de cuatro domingos.
Estos cuatro domingos antes del Día de Navidad se le llama « Adviento », que quiere decir “venida”
y durante
este tiempo litúrgico nos unimos a la Santísima Virgen María en espera de su
Hijo Jesús, que ya lleva en su seno.
Es una tradición muy significativa en algunas religiones, que nos ayuda a preparar el nacimiento de Jesús e iluminar el camino
para la llegada de Dios.
La tradición del Adviento se originó hace unos dos mil años para apoyar a los fieles creyentes
y coincide con el invierno en el hemisferio norte, con los días cortos que preceden a la navidad.
El Adviento también representa el primer periodo del año litúrgico cristiano.
Este año el adviento inicia hoy domingo 28 de noviembre hasta el 24 de
diciembre, en la víspera de Navidad.
El círculo de la corona simboliza el ciclo eterno de las estaciones y el amor de Cristo que no tiene principio ni fin, las ramas verdes son la esperanza de la venida y nacimiento de Jesús, el listón rojo es el amor de Cristo que nos envuelve y la luz significa la "luz del mundo", el espíritu, la persistencia y la fuerza de la vida.
El encendido de las cuatro velas simboliza la preparación para recibir la luz de la Navidad. Se le asigna una virtud para practicar durante cada semana: amor, paz, tolerancia y fe. Se suele colocar una quinta vela o cirio de color blanco en el centro, que se enciende en Nochebuena o Navidad, conocida como Vela de Cristo.
El encendido de las velas:
- Primer Domingo de Adviento (color morado): Se enciende el 28 de noviembre. Orienta a los fieles hacia la venida de Dios, con un mensaje de vigilancia.
- Segundo Domingo de Adviento (color morado): Se enciende el 05 de diciembre. Representa la paciencia y la preparación activa para la venida del Señor.
- Tercer Domingo de Adviento (color rosa): Se enciende el 12 de diciembre. Es conocido igualmente como « Gaudete ».
Representa la alegría por la venida muy cercana.
- Cuarto Domingo de Adviento (color morado): Se enciende el 19 de diciembre. Con un mensaje de preparación profunda del misterio de la Navidad.
- El 24 de diciembre, por la tarde-noche, se enciende el cirio que se encuentra en
el centro de la Corona de Adviento... Nacimiento del Niño Jesús!
Una historia de la Corona de Adviento:
La Corona de Adviento se usó como un calendario previo al día de Navidad, atribuido a Johann Hinrich Wichern (1808-1881). Fue un pastor protestante alemán que llevó a cabo un trabajo misionero entre los pobres de las ciudades.
En 1839 los niños de una escuela fundada por Wichern preguntaban a diario si ya había llegado el día de Navidad. Es por ello que el pastor construyó un anillo de madera, hecho con una vieja rueda de carreta, con diecinueve velas rojas pequeñas y cuatro velones blancos.
Durante el Adviento encendían una vela pequeña cada día de la semana y cada domingo encendían una vela grande. De esta manera podían determinar cuan cerca estaban de celebrar la Navidad.
Siguiendo con esa tradición durante los Domingos de Adviento las familias en sus
hogares y la comunidad en la iglesia se reúnen para orar y compartir.
Para los fieles cristianos el Adviento es considerado como un periodo de oración y reflexión que representa la espera vigilante, significando un tiempo de esperanza, vigilia, arrepentimiento, perdón y alegría.
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4 de febrero de 2021
✞El Árbol de la Cruz✞
Una vez una persona andaba buscando al Señor. Le habían hablado de una invitación que hacía a todos para llegar hasta su Reino, donde dicen que tenía reservada una morada para cada uno de sus amigos, y él también tenía ganas de ser amigo del Señor. ¿Por qué no? Si otros lo habían logrado, ¿qué le impedía a él llegar a ser uno de ellos?
Averiguando acerca del paradero, se enteró de que el Señor se había ido monte adentro con un hacha, a fin de preparar para cada uno de sus amigos, lo que necesitaría para el viaje y se marchó a buscarlo.
Los golpes del hacha lo fueron guiando hasta una isleta. Atravesó el bosque tratando de acercarse al lugar de donde provenían los golpes. Al fin llegó y se encontró con el mismísimo Señor que estaba preparando las cruces para cada uno de sus amigos, antes de partir hacia su casa, a fin de disponer un lugar para cada uno.
-¿Qué estás haciendo? -le preguntó el joven al Señor.
-Estoy preparando a cada uno de mis amigos la cruz con la que tendrán que cargar para seguirme y así poder entrar en mi Reino.
-¿Puedo ser yo también uno de tus amigos? -volvió a preguntar el muchacho-
-¡Claro que sí! -le dijo Jesús-. Es lo que estaba esperando que me pidieras. Si quieres serlo de verdad, tendrás que tomar también tu cruz y seguir mis huellas. Yo tengo que adelantarme para ir a prepararles un lugar.
-¿Cuál es mi cruz, Señor?
-Esta que acabo de hacer. Sabiendo que venías y viendo que los obstáculos no te detenían, me dispuse a preparártela especialmente y con cariño para ti.
La verdad que muy, muy preparada no estaba. Se trataba prácticamente de dos troncos cortados a hacha, sin ningún tipo de terminación ni arreglos. Las ramas de los troncos habían sido cortadas de abajo hacia arriba, por lo que sobresalían pedazos por todas partes. Era una cruz de madera dura, bastante pesada, y sobre todo muy mal terminada.
El joven al verla pensó que el Señor no se había esmerado demasiado en preparársela. Pero como quería realmente entrar en el Reino, se decidió a cargarla sobre sus hombros, comenzando el largo camino, con la mirada en las huellas del Maestro. Y cargó la incómoda cruz.
Hizo también su aparición el diablo, es su costumbre hacerse presente en estas ocasiones, y en aquella circunstancia no fue diferente, porque donde anda Dios, acude el diablo.
Desde atrás le pegó el grito al joven que ya se había puesto en camino.
-¡Olvidaste algo!
Extrañado por aquella llamada, miró hacia atrás y vio al diablo muy comedido, que se acercaba sonriente con el hacha en la mano para entregársela.
-Pero ¿cómo? ¿También tengo que llevarme el hacha? - preguntó molesto el muchacho.
-No sé -dijo el diablo haciéndose el inocente. Pero creo es conveniente que te la lleves por lo que pueda pasar en el camino. Por lo demás, sería una lástima dejar abandonada un hacha tan bonita.
La propuesta le pareció tan razonable, que sin pensar demasiado, tomó el hacha y reanudó su camino. Duro camino, por varios motivos. Primero, y sobre todo, por la soledad. Él creía que lo haría con la visible compañía del Maestro. Pero resulta que se había ido, dejando solo sus huellas. Siempre la cruz encierra la soledad, y a veces la ausencia que más duele en este camino es la de no sentir a Dios a nuestro lado. Algo así como si nos hubiera abandonado. El camino también era duro por otros motivos. En realidad no había camino. Simplemente eran huellas por el monte. Hacía frío en aquel invierno y la cruz era pesada. Sobre todo, era molesta por su falta de terminación. Parecía como que las salientes se empeñaran en engancharse por todas partes a fin de retenerlo. Y se le incrustaban en la piel para hacerle más doloroso el camino.
Una noche particularmente fría y llena de soledad, se detuvo a descansar en un descampado. Depositó la cruz en el suelo, a la vez que tomó conciencia de la utilidad que podría brindarle el hacha. Quizá el Maligno -que lo seguía a escondidas- ayudó un poco arrimándole la idea mediante el brillo del instrumento.
Lo cierto es que el joven se puso a arreglar la cruz. Con calma y despacito le fue quitando los nudos que más le molestaban, suprimiendo aquellos muñones de ramas mal cortadas, que tantos disgustos le estaban proporcionando en el camino. Y consiguió dos cosas:
Primero, mejorar el madero. Y segundo, consiguió reunir un montoncito de leña que le vino como mandado a pedir para prepararse una hoguera con el que calentar sus manos ateridas. Y así esa noche durmió tranquilo.
A la mañana siguiente reanudó su camino. Y noche a noche su cruz fue mejorada, pulida por el trabajo que en ella iba realizando.
Mientras su cruz mejoraba y se hacía más llevadera, conseguía también tener la madera necesaria para hacer fuego cada noche.
Casi se sintió agradecido al demonio porque le había hecho traerse el hacha consigo. Después de todo había sido una suerte contar con aquel instrumento que le permitía el trabajo sobre su cruz. Estaba satisfecho con la tarea, y hasta sentía un pequeño orgullo por su obra de arte. La cruz tenía ahora un tamaño razonable y un peso mucho menor. Bien pulida, brillaba a los rayos del sol, y casi no molestaba al cargarla sobre sus hombros. Achicándola un poco más, llegaría finalmente a poder levantarla con una sola mano como un estandarte para así identificarse ante los demás como seguidor del crucificado. Y si le daban tiempo, podría llegar a acondicionarla hasta tal punto que llegaría al Reino con la cruz colgada de una cadenita al cuello como un adorno sobre su pecho, para alegría de Dios y testimonio ante los demás.
Y de este modo consiguió su meta, es decir, sus metas. Porque para cuando llegó a las murallas del Reino, se dio cuenta de que gracias a su trabajo, estaba descansado y además podía presentar una cruz muy bonita, que ciertamente quedaría como recuerdo en la Casa del Padre. Pero no todo fue tan sencillo. Resulta que la puerta de entrada al Reino estaba colocada en lo alto de la muralla. Se trataba de una puerta estrecha, abierta casi como una ventana a un altura imposible de alcanzar.
Llamó a gritos, anunciando su llegada. Y desde lo alto se le apareció el Señor invitándolo a entrar.
-Pero, ¿cómo, Señor? No puedo. La puerta está demasiado alta y no la alcanzo.
-Apoya la cruz contra la muralla y luego trepa por ella utilizándola como escalera -le respondió Jesús-. Yo te dejé a propósito los nudos para que te sirviera. Además tiene el tamaño justo para que puedas llegar hasta la entrada.
En ese momento el joven se dio cuenta de que realmente la cruz recibida había tenido sentido y que de verdad el Señor la había preparado bien. Sin embargo, ya era tarde. Su pequeña cruz, pulida, y recortada, le parecía ahora un juguete inútil. Era muy bonita pero no le servía para entrar. El diablo, astuto como siempre, había resultado mal consejero y peor amigo.
Pero, el Señor es bondadoso y compasivo. No podía ignorar la buena voluntad del muchacho y su generosidad en querer seguirlo. Por eso le dio un consejo y otra oportunidad.
-Vuelve sobre tus pasos. Seguramente en el camino encontrarás a alguno que ya no puede más, y ha quedado aplastado bajo su cruz. Ayúdale tú a traerla. De esta manera tú le posibilitarás que logre hacer su camino y llegue. Y él te ayudará a ti a que puedas entrar...
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30 de agosto de 2020
🎕Santa Rosa de Lima🎕Invasión de los piratas🎕
En varias imágenes antiguas de Santa Rosa de Lima es común verla con un ancla en la mano, mientras que en la Catedral de Lima, en la parte superior central de la fachada, es la única imagen con todo el cuerpo ladeado mirando hacia el mar del Callao.
Esto se debe a un valiente acto que la Santa hizo contra los piratas.
Cuenta la Enciclopedia Católica que en el año 1615 el despiadado corsario holandés Joris Van Spilbergen llegó a América del Sur, atacando Río de Janeiro en Brasil, Santa María en Argentina y diversos puertos chilenos.
Por lo que el Virrey del Virreinato del Perú envió al sur de Lima unos 7 navíos para combatir el avance de los piratas, pero fracasó.
La noticia llegó rápido a Lima, la Ciudad de los Reyes, y todo se volvió un caos.
La gente del puerto del Callao corrió a refugiarse en el pueblo limeño y el Arzobispo pidió que el Santísimo sea expuesto, a donde los fieles acudieron a rezar implorando misericordia ya que se corrió el rumor de que los piratas destruirían templos y profanarían la Eucaristía.
El Virrey por su parte ordenó que se crearan grupos militares y unos 3 mil hombres se ubicaron en la playa del puerto para evitar la invasión. Incluso, los frailes de diversas órdenes se organizaron en compañías para resguardar los monasterios de las monjas.
Santa Rosa de Lima fue de inmediato a la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario y alentó con liderazgo a las mujeres a rezar juntas para que los piratas no desembarquen y no se realicen profanaciones.
Al llegar la noche, la santa estaba con toda la intención de defender a Cristo Eucaristía, su amado “esposo”. Tanto es así que le dijo a su mamá, María de Oliva, que “los iba a ‘rendir a todos’ con el rosario que tenía en sus manos”, cuenta la Enciclopedia Católica.
Era tanta su valentía que acortó sus vestidos y se sacó sus “chapines”, una especie de calzado que protegía del barro, esperando a los enemigos.
De acuerdo a Fray Leonardo Hansen, quien escribió la primera biografía de la primera santa del continente americano, Rosa de Santa María manifestó incluso su deseo de martirio con las siguientes aguerridas palabras:
-
“Pues he de luchar y morir por el divino Sacramento. Así más brevemente subiré sobre el altar y allí expondré mi cuerpo como un escudo, para que reciba los golpes y las heridas que tiraren los herejes al cuerpo de mi Señor Jesucristo, sin apartarme un punto, hasta que pasado por muchas partes el cuerpo con las picas y alabardas de los impíos enemigos de la fe, caiga muerta en el altar”. “Yo rogaré a los herejes que no me quiten la vida de un golpe, sino que poco a poco me vayan desmembrando y me vayan haciendo menudos pedazos y dividiendo cada miembro en pequeñas partículas, con el fin de que todo el tiempo que en esto se ocuparen se detengan en ejecutar las injurias, que temo ¡ay de mí! Han de hacer después a mi dulce esposo”.
Se cuenta que de manera inexplicable los piratas elevaron anclas sin atacar el Callao, principal puerto del Virreinato del Perú, y Lima, una de las importantes sedes del reino español en América del Sur.
Algunos dicen porque el jefe de los corsarios enfermó o murió.
Muchos atribuyeron el que Lima se salvara de un ataque pirata a las oraciones de Santa Rosa de Lima y por ello es considerada protectora de la Ciudad.
Actualmente es patrona de la Policía Nacional del Perú y sus integrantes le rinden honores cada 30 de agosto.
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21 de diciembre de 2018
Un Reno Mareado
Varios son los renos que tiran del trineo de Papá Noel. El más famoso sin dudas, es Rodolfo, el que tiene la nariz colorada.
Hoy contaremos la historia de otro de los renos quien -sin llegar a tener roja su nariz- se hizo muy conocido una Navidad.
Horacio, así se llamaba, era un reno muy curioso y movedizo que jamás se podía quedar quieto. Era famoso en el Polo Norte por ir de aquí para allá mirando todo y poniendo sus patas donde podía y donde no también.
Era la época de Navidad y todos en el taller trabajaban sin parar para llegar a tiempo con todos los regalos. No sólo trabajan los duendes, sino que también lo hacían todos los renos entrenando todo el día para estar en forma y poder volar por el mundo entero sin problemas.
Horacio era el fiel compañero de Rodolfo, juntos eran los dos primeros renos del trineo y quienes dirigían a los que iban detrás, siguiendo las indicaciones de Papá Noel. Jamás había habido problema alguno durante el viaje más maravilloso y mágico del año.
Sin embargo, esa Navidad, las cosas no serían igual.
En el Polo Norte, crecían unas flores de un aroma muy rico, pero que si uno se acercaba mucho para olerlas, terminaba muy mareado. Su perfume era realmente embriagador, por eso Papá Noel, si bien las cuidaba como a todas las flores, les había puesto un cerquito con un cartel que decía “No Oler”.
Si pensamos que Horacio en todo metía su hocico y encima no sabía leer, podemos imaginar qué pasó.
Justo el día antes de Navidad, se detuvo frente a las flores y olió cuanto pudo y pudo mucho pues su narizota era realmente grande.
Al principio, el efecto del perfume no se sintió, pero a las pocas horas, justo cuando el trineo debía levantar vuelo, Horacio empezó a sentir cosas extrañas en su cuerpo.
No habían ni siquiera repartido los primeros regalos cuando Horacio empezó a sentirse tan, pero tan mareado que el mundo entero le daba vueltas a su alrededor. Ya no sabía para dónde iba, no importa para qué lado Papá Noel tirara de las riendas, parecía que el reno había enloquecido y se movía de un lado para el otro. Rodolfo y los demás renos trataron de sujetarlo, pero el pobre Horacio, víctima del perfume de las flores, era un trompo sin fin. Tanto se movía que, intentando subir una montaña, el trineo no pudo hacer la maniobra acostumbrada y volcó.
Todos los regalos quedaron desparramados por el suelo. Papá Noel fue a parar a la ladera de otra montaña, los demás renos quedaron patas para arriba y Rodolfo ya no tenía roja su nariz, sino blanca del susto.
Tan rápido como pudieron, juntaron todos los regalos y siguieron camino.
– ¿Estás bien? Preguntó Rodolfo a Horacio
– La verdad que no, me siento algo borrachín para ser sincero. Contestó Horacio tratando de fijar la vista que se le iba de un lado para el otro.
– ¿Tomaste alcohol? Sabes que no debemos.
– ¡Qué alcohol ni alcohol amigo! Estuve oliendo las flores del cerquito.
– ¡Qué reno desobediente habías resultado! ¡Sabías que no se puede! Ahora mira lo que pasa, estás mareado.
– No te preocupes Rodolfo, trataré de recomponerme.
No terminó de decir esta frase que, producto de la desorientación que tenía, no vio que el trineo venía en bajada.
Nada importaron los gritos de Papá Noel que ya se veía dentro del lago y todo empapado, el trineo fue a parar casi casi en el medio del agua.
Afortunadamente y gracias a los excelentes reflejos de Rodolfo, los regalos no se mojaron. Dio un giro tan rápido que logró volver a poner el trineo en su lugar y excepto por la barba de Papá Noel que chorreaba mucho, el episodio no pasó a mayores.
Antes de que el efecto mareador del perfume de las flores se esfumara, se atascaron en unas rocas.
Si bien, gracias a que todos colaboraron, pudieron salir sin problemas, la entrega de los regalos estaba realmente atrasada. La noche pasaba y los niños debían recibir sus regalos ¿llegarían a tiempo?
Una vez recompuesto del mareo, Horacio, sintiéndose muy culpable por el atraso, tomó una decisión. Dividirían el trabajo de entrega con Papá Noel. Rodolfo se sumó a la idea, unos irían a unas casas y otros a otras. Los renos jamás habían salido del trineo y menos para repartir regalos, pero era el momento justo para hacer algo que jamás habían hecho. Los niños no podían quedarse sin obsequios.
Cuando el trabajo se hace en equipo y con un objetivo en común, todo sale bien.
No fue fácil realmente ni para Rodolfo, ni para Horacio, entrar en las casas sin romper algún adorno o cortina, pero si bien algún que otro destrozo hicieron, lograron su cometido.
Horacio quería reparar la demora que habían tenido por su culpa, Rodolfo quería ayudar a su amigo, Papá Noel quería hacer su trabajo y por sobre todas las cosas, los tres deseaban cumplir el sueño de todos los niños.
El objetivo se cumplió, todos y cada unos de los regalos fueron entregados, ningún niño quedó sin el suyo.
Lo cierto es que algunos niños que habían espiado esperando conocer a Papá Noel, se encontraron que en vez de barba tenía cuernos, que tenía cuatro patas y no dos piernas, que no usaba gorro, en fin. Hay que decir que terminaron un poco confundidos, pero no mucho pues pensaron que el desconcierto se debía al sueño que tenían por lo tarde que era y no a otra cosa.
Eso sí, en el Polo Norte ya no hay un cartel en las flores que diga “NO OLER”, lo reemplazaron por otro que dice:
“SE RECOMIENDA A HORACIO NO ACERCARSE A MENOS DE DIEZ METROS”.
Horacio aprendió a ser más prudente. No obstante ello, las siguientes navidades ayudó igual a Papá Noel a repartir los regalos, pues aprendió el valor del trabajo en equipo y vivió en carne propia la inmensa alegría de hacer felices a los niños.
Hoy contaremos la historia de otro de los renos quien -sin llegar a tener roja su nariz- se hizo muy conocido una Navidad.
Horacio, así se llamaba, era un reno muy curioso y movedizo que jamás se podía quedar quieto. Era famoso en el Polo Norte por ir de aquí para allá mirando todo y poniendo sus patas donde podía y donde no también.
Era la época de Navidad y todos en el taller trabajaban sin parar para llegar a tiempo con todos los regalos. No sólo trabajan los duendes, sino que también lo hacían todos los renos entrenando todo el día para estar en forma y poder volar por el mundo entero sin problemas.
Horacio era el fiel compañero de Rodolfo, juntos eran los dos primeros renos del trineo y quienes dirigían a los que iban detrás, siguiendo las indicaciones de Papá Noel. Jamás había habido problema alguno durante el viaje más maravilloso y mágico del año.
Sin embargo, esa Navidad, las cosas no serían igual.
En el Polo Norte, crecían unas flores de un aroma muy rico, pero que si uno se acercaba mucho para olerlas, terminaba muy mareado. Su perfume era realmente embriagador, por eso Papá Noel, si bien las cuidaba como a todas las flores, les había puesto un cerquito con un cartel que decía “No Oler”.
Si pensamos que Horacio en todo metía su hocico y encima no sabía leer, podemos imaginar qué pasó.
Justo el día antes de Navidad, se detuvo frente a las flores y olió cuanto pudo y pudo mucho pues su narizota era realmente grande.
Al principio, el efecto del perfume no se sintió, pero a las pocas horas, justo cuando el trineo debía levantar vuelo, Horacio empezó a sentir cosas extrañas en su cuerpo.
No habían ni siquiera repartido los primeros regalos cuando Horacio empezó a sentirse tan, pero tan mareado que el mundo entero le daba vueltas a su alrededor. Ya no sabía para dónde iba, no importa para qué lado Papá Noel tirara de las riendas, parecía que el reno había enloquecido y se movía de un lado para el otro. Rodolfo y los demás renos trataron de sujetarlo, pero el pobre Horacio, víctima del perfume de las flores, era un trompo sin fin. Tanto se movía que, intentando subir una montaña, el trineo no pudo hacer la maniobra acostumbrada y volcó.
Todos los regalos quedaron desparramados por el suelo. Papá Noel fue a parar a la ladera de otra montaña, los demás renos quedaron patas para arriba y Rodolfo ya no tenía roja su nariz, sino blanca del susto.
Tan rápido como pudieron, juntaron todos los regalos y siguieron camino.
– ¿Estás bien? Preguntó Rodolfo a Horacio
– La verdad que no, me siento algo borrachín para ser sincero. Contestó Horacio tratando de fijar la vista que se le iba de un lado para el otro.
– ¿Tomaste alcohol? Sabes que no debemos.
– ¡Qué alcohol ni alcohol amigo! Estuve oliendo las flores del cerquito.
– ¡Qué reno desobediente habías resultado! ¡Sabías que no se puede! Ahora mira lo que pasa, estás mareado.
– No te preocupes Rodolfo, trataré de recomponerme.
No terminó de decir esta frase que, producto de la desorientación que tenía, no vio que el trineo venía en bajada.
Nada importaron los gritos de Papá Noel que ya se veía dentro del lago y todo empapado, el trineo fue a parar casi casi en el medio del agua.
Afortunadamente y gracias a los excelentes reflejos de Rodolfo, los regalos no se mojaron. Dio un giro tan rápido que logró volver a poner el trineo en su lugar y excepto por la barba de Papá Noel que chorreaba mucho, el episodio no pasó a mayores.
Antes de que el efecto mareador del perfume de las flores se esfumara, se atascaron en unas rocas.
Si bien, gracias a que todos colaboraron, pudieron salir sin problemas, la entrega de los regalos estaba realmente atrasada. La noche pasaba y los niños debían recibir sus regalos ¿llegarían a tiempo?
Una vez recompuesto del mareo, Horacio, sintiéndose muy culpable por el atraso, tomó una decisión. Dividirían el trabajo de entrega con Papá Noel. Rodolfo se sumó a la idea, unos irían a unas casas y otros a otras. Los renos jamás habían salido del trineo y menos para repartir regalos, pero era el momento justo para hacer algo que jamás habían hecho. Los niños no podían quedarse sin obsequios.
Cuando el trabajo se hace en equipo y con un objetivo en común, todo sale bien.
No fue fácil realmente ni para Rodolfo, ni para Horacio, entrar en las casas sin romper algún adorno o cortina, pero si bien algún que otro destrozo hicieron, lograron su cometido.
Horacio quería reparar la demora que habían tenido por su culpa, Rodolfo quería ayudar a su amigo, Papá Noel quería hacer su trabajo y por sobre todas las cosas, los tres deseaban cumplir el sueño de todos los niños.
El objetivo se cumplió, todos y cada unos de los regalos fueron entregados, ningún niño quedó sin el suyo.
Lo cierto es que algunos niños que habían espiado esperando conocer a Papá Noel, se encontraron que en vez de barba tenía cuernos, que tenía cuatro patas y no dos piernas, que no usaba gorro, en fin. Hay que decir que terminaron un poco confundidos, pero no mucho pues pensaron que el desconcierto se debía al sueño que tenían por lo tarde que era y no a otra cosa.
Eso sí, en el Polo Norte ya no hay un cartel en las flores que diga “NO OLER”, lo reemplazaron por otro que dice:
“SE RECOMIENDA A HORACIO NO ACERCARSE A MENOS DE DIEZ METROS”.
Horacio aprendió a ser más prudente. No obstante ello, las siguientes navidades ayudó igual a Papá Noel a repartir los regalos, pues aprendió el valor del trabajo en equipo y vivió en carne propia la inmensa alegría de hacer felices a los niños.
14 de diciembre de 2018
El Pesebre que acogería al Niño Dios
Aquel pesebre, pobre y viejo, no había pensado en su vida que acogería al Niño Dios entre sus pajas. Nosotros, en cambio, sabemos que el Niño Jesús llegará el 24 en la noche.
En las faldas de un monte, por encima de Belén, hay una cueva. Es pequeña y algo tosca, pero acogedora; refresca en los días de calor, y abriga, en los de frío. Durante el año, los animales se resguardan en ella.
Los bueyes y las vacas acuden a pastar allí. Sacian su hambre con las frescas pajas que un mozo deposita a diario en un rústico pesebre, formado por resistentes ramas.
- ¡Vaya existencia la mía! -se decía el pesebre-. ¡¿No se podría haber empleado de mejor modo mi madera?!
El ganado acudía a él por necesidad, porque gusto no lo había. La mayoría de los desayunos, cenas y comidas, terminaban en indigestión. Porque, ¿a quién le gusta escuchar quejas mientras come?.
Una noche fría de invierno, entre los aullidos del viento y la respiración profunda de los animales que ahí dormían, llegaron dos personas a la cueva. Venían arropados de arriba abajo. El hombre jalaba con cuidado de su borriquillo, mientras la mujer que lo montaba, soportaba con paciencia los dolores del parto.
- Aquí está bien -dijo el hombre apesadumbrado-. Hemos caminado bastante -suspiró-.
Me gustaría ofrecerte algo mejor, María, pero tú sabes que hoy no ha sido un buen día…
- No te aflijas, José -le respondió María, consolándole-. Hágase Su voluntad
-y señaló con el dedo al cielo-.
Ambos se establecieron lo mejor que pudieron en la cueva, agradeciendo el calor de los animales.
El pesebre, que jamás dormía, se enterneció al ver la situación de aquella agotada pareja.
Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, María dio a luz a su hijo primogénito. Los gemidos del recién nacido resonaron en la cueva, rompiendo el silencio. Los animales se despertaron agitados en un primer momento; pero después de desperezarse, lo contemplaron con respeto.
José tenía al niño en sus brazos y lo había envuelto en pañales. Su corazón latía con fuerza: estaba nerviosísimo. Cuando por fin tuvo oportunidad de ver al niño, se topó con unos grandes y preciosos ojos grises que lo miraban con curiosidad; entonces, sintió cómo una gran emoción llenaba su alma.
María permanecía recostada sobre unas gruesas cobijas que habían traído de Nazaret, y no le quitaba la vista a su hijo. Con un notable esfuerzo, cambió de postura y le pidió a José que le mostrase al Niño. Cuando él se lo dio, Ella lo cargó durante un largo rato, estrechando al niño contra su corazón.
Cuando María acabó de contemplarlo, se lo entregó a José, quien lo paseó maravillado. Y tras una larga y silenciosa adoración, lo depositó dormido en el pesebre.
Sonó, entonces, un redoblar de pasos, y a acto seguido entraron unos pastores en la cueva.
- En hora buena -exclamaron al ver al Niño. Y les contaron cuanto les había dicho el ángel-.
Cuando llegaron a la señal que les había dado el ángel: “encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, el pesebre estuvo a punto de dar un brinco de asombro, pero recordó que el Niño Jesús aún dormía plácidamente sobre él.
Su nombre había aparecido en los labios de los ángeles. No lo podía creer. Lo ocurrido estaba preestablecido por Dios.
Cuando los pastores terminaron su relato, con gran admiración de los padres de Jesús y del mismo pesebre, sacaron sus humildes regalos y se los ofrecieron al Niño de corazón. Una vez que los pastores se fueron y que el Niño se hubo vuelto a dormir, María y José también se entregaron al descanso, rendidos de cansancio.
Cuando el silencio llenó de nuevo la cueva con su majestad, el pesebre se quedó pensativo. Aún no acababa de entender lo que habían dicho los pastores.
- ¿Cómo es posible que sea Dios? -pensaba para sus adentros-.
Tras mucho repetir: «Tengo entre mis pajas a Dios», comprendió porqué no le pesaba aquel niño.
Aquel pesebre, pobre y viejo, no había pensado en su vida que acogería al Niño Dios entre sus pajas. Sabía que algún día vendría el Mesías -como todo el mundo-, pero jamás habría imaginado que nacería en aquella tosca cueva de aquel remoto poblado, y precisamente en aquella época del año. Y mucho menos que él sería el primer depositario.
Cuando Dios vino al mundo, no pasó inadvertido sólo para los hombres. También llegó de sorpresa para aquel pesebre de Belén. Ningún ángel le anunció que sobre él se recostaría el Hijo de Dios.
Nosotros, en cambio, sabemos que el Niño Jesús llegará el 24 en la noche. Tenemos tiempo para vivir con entusiasmo este Adviento. Regalémosle un corazón amable, quitando cada día una paja de nuestro áspero carácter. Ofrezcámosle el calor de nuestro corazón.
2 de octubre de 2018
El Hombre que Vivió Amorosamente toda su Vida
26 de septiembre de 2018
El Grano de Arena
26 de agosto de 2013
La indecisión
Cuentan que aquella noche era especialmente fría en el desierto. Abdalá montó su pequeña tienda de campaña, tan pequeña que apenas cabía él acostado. Se despidió de su camello, llamado “Indecisión”, acariciándole la cabeza, pero dejándolo fuera, y se dispuso a pasar una noche tranquila y reparadora.
Apenas había conciliado el sueño cuando el camello lo llamó con voz suave, pero insistente. “Déjame meter la nariz en tu tienda, hace mucho frío y la tengo completamente helada…” Abdalá, que era un hombre bueno, accedió a la petición.
Pero ocurrió que en cuanto se durmió profundamente, el camello empujó un poco y metió la cabeza completa. Como la tienda era tan pequeña, al hacer esto topó con la cabeza del hombre y lo corrió hasta que éste sacó los pies por el otro extremo.
Abdalá protestó, pero “Indecisión” le hizo ver que eso no era en realidad gran cosa. Pasó poco tiempo para el camello metiera los hombros y empujara a su patrón afuera, hasta las rodillas. Para hacer el cuento corto, “Indecisión” siguió introduciéndose en la tienda, llenándola por completo y sacando a Abdalá por el otro extremo, hasta que finalmente quedó completamente fuera.
¿Te suena esto conocido? ¿No te ha ocurrido alguna vez que al dejar entrar un poco de indecisión ésta lo llenó todo, sacándote de las cosas buenas de la vida?...
Por ejemplo: Le ocurre a los estudiantes cuando se están preparando para un examen, pero frente al televisor dejan que indecisión les pida ver “un poquito más”. Y le ocurre también a los vendedores, cuando les pide “posponer para la semana que entra” la visita a ese cliente importante.
Y por supuesto le sucede a aquel que quiere bajar de peso, pero deja que el perverso camello le solicite “empezar después de…”.
Sí, cuando dejamos a la indecisión meter la nariz en nuestra vida, no importa si somos amas de casa o ejecutivos de empresa, acabará por llenarla toda, y prácticamente sacarnos de ella.
Apenas había conciliado el sueño cuando el camello lo llamó con voz suave, pero insistente. “Déjame meter la nariz en tu tienda, hace mucho frío y la tengo completamente helada…” Abdalá, que era un hombre bueno, accedió a la petición.
Pero ocurrió que en cuanto se durmió profundamente, el camello empujó un poco y metió la cabeza completa. Como la tienda era tan pequeña, al hacer esto topó con la cabeza del hombre y lo corrió hasta que éste sacó los pies por el otro extremo.
Abdalá protestó, pero “Indecisión” le hizo ver que eso no era en realidad gran cosa. Pasó poco tiempo para el camello metiera los hombros y empujara a su patrón afuera, hasta las rodillas. Para hacer el cuento corto, “Indecisión” siguió introduciéndose en la tienda, llenándola por completo y sacando a Abdalá por el otro extremo, hasta que finalmente quedó completamente fuera.
¿Te suena esto conocido? ¿No te ha ocurrido alguna vez que al dejar entrar un poco de indecisión ésta lo llenó todo, sacándote de las cosas buenas de la vida?...
Por ejemplo: Le ocurre a los estudiantes cuando se están preparando para un examen, pero frente al televisor dejan que indecisión les pida ver “un poquito más”. Y le ocurre también a los vendedores, cuando les pide “posponer para la semana que entra” la visita a ese cliente importante.
Y por supuesto le sucede a aquel que quiere bajar de peso, pero deja que el perverso camello le solicite “empezar después de…”.
Sí, cuando dejamos a la indecisión meter la nariz en nuestra vida, no importa si somos amas de casa o ejecutivos de empresa, acabará por llenarla toda, y prácticamente sacarnos de ella.
nbas
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19 de abril de 2013
La integridad
Se dice que cierto día salieron a pasear juntas la Ciencia, la Fortuna, la Resignación y la Integridad.
Mientras caminaban dijo la Ciencia:
- Amigas mías, pudiera darse el caso de que nos separáramos unas de otras y sería bueno determinar un lugar donde pudiéramos encontrarnos de nuevo. A mí, podréis encontrarme siempre en la biblioteca de aquel sabio Dr. X, a quien, como sabéis, siempre acompaño.
- En cuanto a mí expresó la Fortuna – me hallaréis en casa de ese millonario cuyo palacio está en el centro de la ciudad.
La Resignación dijo por su parte:
- A mí podréis encontrarme en la pobre y triste choza de aquel buen viejecillo a quien con tanta frecuencia veo y que tanto ha sufrido en la vida.
Como la Integridad permanecía callada, sus compañeras le preguntaron:
- Y a ti, ¿dónde te encontraremos?
La Integridad, bajando tristemente la cabeza, respondió:
- A mí, quien una vez me pierde jamás vuelve a encontrarme.
“Quien pierde su integridad y su honradez lo ha perdido todo”.
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La olla embarazada
Un señor le pidió una tarde a su vecino una olla prestada. El dueño de la olla no era demasiado solidario, pero se sintió obligado a prestarla.
A los cuatro días, la olla no había sido devuelta, así que, con la excusa de necesitarla fue a pedirle a su vecino que se la devolviera.
— Casualmente, iba para su casa a devolverla… ¡el parto fue tan difícil!
— ¿Qué parto?
— El de la olla.
— ¿Qué?
— Ah, ¿usted no sabía? La olla estaba embarazada.
— ¿Embarazada?
— Sí, y esa misma noche tuvo familia, así que debió hacer reposo pero ya está recuperada.
— ¿Reposo?
— Sí. Un segundo por favor –y entrando en su casa trajo la olla, un jarrito y una sartén.
— Esto no es mío, sólo la olla.
— No, es suyo, esta es la cría de la olla. Si la olla es suya, la cría también es suya.
“Este está realmente loco” -pensó- “pero mejor que le siga la corriente”.
— Bueno, gracias.
— De nada, adiós.
— Adiós, adiós..Y el hombre marchó a su casa con el jarrito, la sartén y la olla.
Esa tarde, el vecino otra vez le tocó el timbre.
— Vecino, ¿no me prestaría el destornillador y la pinza? …Ahora se sentía más obligado que antes.
— Sí, claro.
Fue hasta adentro y volvió con la pinza y el destornillador.
Pasó casi una semana y cuando ya planeaba ir a recuperar sus cosas, el vecino le tocó la puerta.
— Ay, vecino ¿usted sabía?
— ¿Sabía qué cosa?
— Que su destornillador y la pinza son pareja.
— ¡No! –dijo el otro con ojos desorbitados— no sabía.
— Mire, fue un descuido mío, por un ratito los dejé solos, y ya la embarazó.
— ¿A la pinza?
— ¡A la pinza!… Le traje la cría –y abriendo una canastita entregó algunos tornillos, tuercas y clavos que dijo había parido la pinza.
“Totalmente loco”, pensó. Pero los clavos y los tornillos siempre venían bien.
Pasaron dos días. El vecino pedigüeño apareció de nuevo.
— He notado –le dijo— el otro día, cuando le traje la pinza, que usted tiene sobre su mesa una hermosa ánfora de oro. ¿No sería tan gentil de prestármela por una noche? Al dueño del ánfora le tintinearon los ojitos.
— Cómo no –dijo, en generosa actitud, y entró a su casa volviendo con el ánfora perdida.
— Gracias, vecino.
— Adiós.
— Adiós.
Pasó esa noche y la siguiente y el dueño del ánfora no se animaba a golpearle al vecino para pedírsela. Sin embargo, a la semana, su ansiedad no aguantó y fue a reclamarle el ánfora a su vecino.
— ¿El ánfora? –dijo el vecino – Ah, ¿no se enteró?
— ¿De qué?
— Murió en el parto...
—¿Cómo que murió en el parto?
— Sí, el ánfora estaba embarazada y durante el parto, murió.
— Dígame ¿usted se cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada un ánfora de oro?
— Mire, vecino, si usted aceptó el embarazo y el parto de la olla. El casamiento y la cría del destornillador y la pinza, ¿por qué no habría de aceptar el embarazo y la muerte del ánfora?
******
Tú, puedes elegir lo que quieras, pero no puedes ser independiente para lo que es más fácil y agradable, y no serlo en lo que es más costoso. Tu criterio, tu libertad, tu independencia y el aumento de tu responsabilidad vienen juntos con tu proceso de crecimiento. Tú decides ser adulto o permanecer pequeño.
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El llanto del desierto
En cuanto llegó a Marrakech, el misionero decidió que todas las mañanas daría un paseo por el desierto que comenzaba tras los límites de la ciudad.
En su primera caminata, vio a un hombre estirado sobre la arena, con la mano acariciando el suelo y el oído pegado a tierra.
“Es un loco”, pensó.
Pero la escena se repitió todos los días por lo que, pasado un mes, intrigado por aquella conducta extraña, resolvió dirigirse a él.
Con mucha dificultad -ya que aún no hablaba árabe con fluidez- se arrodilló a su lado y le preguntó:
- ¿Qué es lo que usted está haciendo?
- Hago compañía al desierto, y lo consuelo por su soledad y sus lágrimas.
- No sabía que el desierto fuese capaz de llorar.
- Llora todos los días, porque sueña con volverse útil para el hombre y transformarse en un inmenso jardín, donde se puedan cultivar las flores y toda clase de plantas y cereales.
-Pues, dígale al desierto que él cumple bien su misión -comentó el misionero-. Cada vez que camino por aquí, comprendo mejor la verdadera dimensión del ser humano, pues su espacio abierto me permite ver lo pequeños que somos ante Dios. Cuando contemplo sus arenas, imagino a los millones de personas en el mundo que fueron criadas iguales, aunque no siempre el mundo sea justo con todas. Sus montañas me ayudan a meditar. Al ver el Sol naciendo en el horizonte, mi alma se llena de alegría, y me aproxima al Creador.
El misionero dejó al hombre y volvió a sus quehaceres diarios. Cual no fue su sorpresa al encontrarlo a la mañana siguiente en el mismo lugar y en la misma posición.
-¿Ya transmitió al desierto todo lo que le dije?- preguntó.
El hombre asintió con un movimiento de cabeza
- ¿Y aún así continúa llorando?
-Puedo escuchar cada uno de sus sollozos. Ahora él llora porque pasó miles de años pensando que era completamente inútil, desperdiciando todo ese tiempo blasfemando contra Dios y su destino.
-Pues explíquele que, a pesar de que el ser humano tiene una vida mucho más corta, también pasa muchos de sus días pensando que es inútil. Rara vez descubre la razón de su destino, y casi siempre considera que Dios ha sido injusto con él. Cuando llega el momento en que, finalmente, algún acontecimiento le demuestra por qué y para qué ha nacido, considera que es demasiado tarde para cambiar de vida, y continúa sufriendo. Y, al igual que el desierto, se culpa por el tiempo que perdió.
-No sé si el desierto me escuchará -dijo el hombre- El ya está acostumbrado al dolor, y no consigue ver las cosas de otra manera.
-Entonces vamos a hacer lo que yo siempre hago cuando siento que las personas han perdido la esperanza. Vamos a rezar.
Ambos se arrodillaron y rezaron. Uno se giró en dirección a la Meca porque era musulmán, el otro juntó las manos en plegaria porque era católico. Cada uno rezó a su Dios, que siempre fue el mismo Dios, aunque las personas insistieran en llamarlo con nombres diferentes.
Al día siguiente, cuando el misionero retornó su caminata matinal, el hombre ya no estaba allí.
En el lugar donde acostumbraba a abrazar la arena, el suelo parecía mojado, ya que había surgido una pequeña fuente.
En los meses siguientes, esa fuente creció y los habitantes de la ciudad construyeron un pozo en torno a ella. Los beduinos llaman al lugar “Pozo de las Lágrimas del Desierto”.
Dicen que todo aquel que beba su agua conseguirá transformar el motivo de su sufrimiento en la razón de su alegría, y que terminará encontrando su verdadero destino.
Paulo Coelho
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22 de marzo de 2013
Dios es como el azúcar
Cierto día, la profesora, queriendo saber si todos habían estudiado la lección solicitada, preguntó a los niños quién sabría explicar quién es Dios.
Uno de los niños levantó el brazo y dijo:
-Dios es nuestro padre. El hizo la tierra, el mar y todo que está en ella; nos hizo como hijos de Él.
La profesora, queriendo buscar más respuestas, fue más lejos:
-¿Cómo saben que Dios existe, si nunca Lo han visto?
La sala quedó toda en silencio…
Pedro, un niño muy tímido, levantó la mano y dijo:
-Mi madre me dijo que DIOS ES COMO EL AZÚCAR en mi leche que ella prepara todas las mañanas. Yo no veo el azúcar que está dentro de la taza en medio de la leche, pero si ella me lo saca, queda sin sabor. Dios existe, y está siempre en el medio de nosotros, solo que no lo vemos. Pero si Él no está, nuestra vida queda sin sabor.
La profesora sonrió y dijo:
-Muy bien, Pedro, yo les enseñé muchas cosas, pero tú me enseñaste algo más profundo que todo lo que yo ya sabía. Yo ahora sé que Dios es nuestro azúcar Y QUE ESTÁ TODOS LOS DÍAS ENDULZANDO NUESTRA VIDA. Le dio un beso y salió sorprendida con la respuesta de aquel niño.
La sabiduría no está en el conocimiento, pero sí en la vivencia de DIOS en nuestras vidas, pues teorías existen muchas, pero dulzura como la de DIOS no existe todavía, ni en los mejores azúcares…
Te deseo un excelente fin de semana y no te olvides de colocar 'AZÚCAR' en tu vida.
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7 de marzo de 2013
Una pequeña reflexión
Hace mucho tiempo, un hombre regresaba a su casa después de disfrutar una reunión con algunos amigos.
Mientras caminaba revivía en su imaginación los agradables momentos que había disfrutado. También se imaginaba la alegría que iluminaría el rostro de su esposa y de sus hijos cuando vieran los presentes que les llevaba, los cuales venían envueltos dentro de una gran maleta.
De pronto comenzó a llover, y el hombre se empapó hasta los huesos. Estaba encolerizado. ¿Por qué le sucedía esto justamente a él y en ese mismo momento?
Mientras continuaba quejándose de su mala fortuna, desde unos arbustos de junto al camino saltó un ladrón con el revólver desenfundado.
Pálido de terror, el campesino oyó el ¡click! del percutor cuando el bandido preparó el arma.
Pero no hubo disparo. Algo sucedió. Sin perder un momento, el hombre arranco a correr perdiendo de vista al ladrón.
¡Qué necio he sido pensó. “Me quejé de que la lluvia estaba arruinando mi viaje a casa. Pero si la lluvia no hubiera humedecido la pólvora del arma del ladrón, yo habría sido muerto. Nunca hubiera llegado a casa para reunirme con mi familia”.
Cuán a menudo nuestros lamentos se tornarían en alabanzas si pudiéramos ver que alguna amarga vicisitud es realmente una bendición disfrazada. Cesarían nuestras murmuraciones tontas.
Pero los que confían en Dios no deben preocuparse por los sinsabores que la vida le brinda. Su fe debe descansar en las promesas que Dios ha hecho para nosotros.
Dios es lo suficientemente poderoso para convertir nuestros problemas y nuestras derrotas en las victorias más increíbles del mundo. Donde sólo vemos oscuridad, Dios ve el sol de mediodía.
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