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20 de enero de 2009

Me caes muy bien

Todos somos sensibles a las alabanzas. Algunas van dirigidas a cualidades, éxitos o aspectos exteriores de la persona: «cantas muy bonito, qué bien te ves con ese vestido, qué sabrosa comida nos diste, me gustó mucho tu trabajo». Escuchar esto nos alegra, nos impulsa.
Pero también hay alabanzas que van dirigidas a la persona en cuanto tal: «me caes muy bien», «¡qué gusto me da verte!» Palabras como éstas tocan nuestro corazón, nos confortan. Una variante de esta expresión la escuchó Jesucristo cuando su Padre le dijo: «tú eres mi hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11).
En diciembre de 2003, una sobrina me mandó un e‑mail en el que me decía: «te agradezco que seas tan buena onda». Ignoro si lo soy, pero qué bueno que ella así lo experimente. Y me alegro de que me lo haya dicho.
Por lo mismo que estas palabras nos hacen tanto bien, escuchar la expresión: «me caes mal; no te soporto», nos hiere. Si yo le caigo mal a alguien, no puedo hacer nada para modificar su sentimiento; incluso, si intento hacer algo, puedo empeorar las cosas. Pero qué distinto es cuando un amigo me hace ver algo específico en lo que puedo cambiar: «me molesta tu impuntualidad, tu desorden». Me está invitando a ser mejor; no me pide ser otra persona.
Si sé que le caigo mal a una persona, procuro mantenerme alejado de ella, para no provocarle incomodidad. Mientras que, con cuánto gusto y confianza, me acerco a quienes sé que les caigo bien (sé que a Dios le caigo bien).
Cuando una persona nos simpatiza, ella lo percibe, pues de múltiples maneras, sobre todo a través de nuestros gestos, inconscientemente le manifestamos nuestros sentimientos. Pero, por qué no expresárselo también por medio de palabras. Hagámoslo y quedaremos asombrados de los efectos que produce.



Autor: Padre Fernando Torre, msps.


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