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7 de marzo de 2013

Una pequeña reflexión

Hace mucho tiempo, un hombre regresaba a su casa después de disfrutar una reunión con algunos amigos.

Mientras caminaba revivía en su imaginación los agradables momentos que había disfrutado. También se imaginaba la alegría que iluminaría el rostro de su esposa y de sus hijos cuando vieran los presentes que les llevaba, los cuales venían envueltos dentro de una gran maleta.

De pronto comenzó a llover, y el hombre se empapó hasta los huesos. Estaba encolerizado. ¿Por qué le sucedía esto justamente a él y en ese mismo momento?

Mientras continuaba quejándose de su mala fortuna, desde unos arbustos de junto al camino saltó un ladrón con el revólver desenfundado.

Pálido de terror, el campesino oyó el ¡click! del percutor cuando el bandido preparó el arma.

Pero no hubo disparo. Algo sucedió. Sin perder un momento, el hombre arranco a correr perdiendo de vista al ladrón.

¡Qué necio he sido pensó. “Me quejé de que la lluvia estaba arruinando mi viaje a casa. Pero si la lluvia no hubiera humedecido la pólvora del arma del ladrón, yo habría sido muerto. Nunca hubiera llegado a casa para reunirme con mi familia”.

Cuán a menudo nuestros lamentos se tornarían en alabanzas si pudiéramos ver que alguna amarga vicisitud es realmente una bendición disfrazada. Cesarían nuestras murmuraciones tontas.

Pero los que confían en Dios no deben preocuparse por los sinsabores que la vida le brinda. Su fe debe descansar en las promesas que Dios ha hecho para nosotros.

Dios es lo suficientemente poderoso para convertir nuestros problemas y nuestras derrotas en las victorias más increíbles del mundo. Donde sólo vemos oscuridad, Dios ve el sol de mediodía.

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