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16 de marzo de 2010

La batalla y el confesionario

La batalla había sido dura. El enemigo había usado toda su artillería. El joven soldado se miraba una y otra vez. Su uniforme parecía más el traje de gala de un príncipe cuando salió de su cuartel y ahora no era más que un montón de harapos. Su cuerpo estaba todo magullado y lleno de heridas. Apenas podía mover las piernas. De los dos brazos sólo conservaba uno y el otro era un muñón, sus ojos estaban también muy mal...

Y lo peor era que había luchado para nada. Sí, para nada. Porque había sido el enemigo quien se había alzado con la victoria.
Poco le importaba a él; que hubiese sido sólo una batalla. Y que la guerra seguramente la ganasen los suyos. Porque para él, para el joven soldado todo estaba perdido.

Él era un inútil. No. No volvería a presentarse ante su Capitán. ¿Con qué rostro? Había deshecho la confianza que había puesto en él. Había perdido. Y eso es algo que un soldado no puede darse el lujo de hacer.

Se abandonaría hasta morir en el campo. Sí, eso sería lo mejor... mejor que acudir como un derrotado. ¿Y quién sabe a lo mejor, al llegar derrotado podrían castigarlo? Al fin y al cabo la misión de un soldado es ganar todas las batallas, no perderlas.

Una voz amiga vino a sacarlo de su ensimismamiento. Su compañero de luchas lo tomó con cuidado y con ayuda de otros lo pusieron en una camilla. Luego el amigo le dijo:

"Tiene que verte el Capitán, se va alegrar mucho cuando te vea, además se va encargar de correr con los gastos de tu curación. Seguro que hasta te da una medalla".

El soldado no podía creer lo que el amigo le decía e insistía en contar que había perdido la batalla. Su amigo fue tan insistente y tan convincente además, que no le quedo más remedio que ceder y acceder a ver al Capitán.

Al día siguiente, recibía la visita esperada en el hospital. Éste, al verlo, corrió y lo abrazó con fuerza, con cuidado de no lastimarlo, pasando por alto los rigores de la disciplina militar.

"Es Usted un gran héroe, querido amigo. Voy a proponerlo para la medalla al mérito militar. Usted ha defendido su posición con uñas y dientes. Ahora ganó el enemigo, pero no se preocupe porque la victoria final es nuestra. Olvídese de sus heridas. Sanarán. Siento mucho lo de su brazo... le pondremos uno ortopédico. No podrá volver al mismo puesto pero estará en la retaguardia conmigo dirigiendo las escaramuzas. Si no hubiera luchado, entonces sería un desertor, pero luchó hasta el final.

El soldado apenas podía decir palabra. La emoción no se lo permitía.

Han pasado meses y el joven soldado está ya completamente restablecido. Ahora trabaja en las oficinas del cuartel dirigiendo al lado de su Capitán.(Que lo ha ascendido de grado).

Ha aprendido: No importa recibir heridas del enemigo. No importa, incluso, perder batallas. Lo realmente grave y lo que nunca debe hacerse es dejarse morir en el campo de batalla. Lo más grave es no luchar.

Llevado a nuestro campo. Dios ya sabe que podemos ser heridos en nuestra lucha contra el pecado. Lo sabe y no Le importa. Lo que quiere es que luchemos. Si somos heridos en la tentación ya su Hijo dejó un Hospital de Campaña, en el que nos curan y llenan de medallas.

A ese hospital las personas suelen llamarlo "Confesionario".


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