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29 de marzo de 2010

Iniciamos la semana santa

Entre todas las semanas del año, la más importante para los cristianos es la semana santa, que ha sido santificada precisamente por los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia y consagrada a Dios de manera muy especial. La Iglesia, al conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, se santifica y renueva a sí misma.

Esta semana se conoció también antiguamente como "la semana grande";, título que conservó hasta hace poco en el breviario romano 1. Es, en efecto, una semana grande, puesto que constituye el centro y el corazón de la liturgia de todo el año. En ella se celebra el misterio de la redención. Los cristianos de la antigüedad estaban bien persuadidos de su grandeza; un escritor de los primeros siglos la resumió en esta frase lapidaria: "Pascua es la cumbre".

Uno de los más penetrantes comentarios a la semana santa es el de la monja benedictina alemana Aemiliana Lóhr, titulado precisamente The Great Week. Rebosa dicho comentario de contenido revelador y de pensamientos impresionantes, uno de los cuales puede servirnos particularmente de ayuda en esta sección introductoria. Se trata de que debemos entrar en la semana santa con un espíritu de paz interior y recogimiento. Sabemos por experiencia que los días precedentes a la pascua pueden ser un tiempo de actividad frenética; a menudo nos sentimos absorbidos con los últimos preparativos para la fiesta de pascua y dejamos el cumplimiento de nuestras obligaciones espirituales para un gran esfuerzo final.

En su primer capítulo, Aemiliana Lóhr usa el hermoso ejemplo de un navío entrando en el puerto después de un largo viaje. Es una imagen de paz; las semanas de esfuerzo y tensión han concluido. La Iglesia es como esa embarcación. La cuaresma ha sido un largo viaje, un tiempo de trabajo y disciplina; pero ahora, en la semana santa, el barco entra en el puerto; ha llegado el momento de descansar en la pasión de Cristo. Puede que no sea fácil sacar tiempo para dedicar a Dios, pero esta idea de descansar en la pasión sugiere la actitud mental que conviene tener al acercarse la semana santa.

Podemos descansar en el pensamiento del amor de Dios, que está en el origen de todos los acontecimientos que conmemoramos en esta semana: "Porque tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado a su Hijo unigénito" (Jn 3,16). Toda la pasión fue motivada por amor, el amor de Dios hecho visible en Cristo. Una vez más es Juan quien nos lo afirma: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13,1).

Durante la semana santa, la Iglesia sigue las huellas de su Maestro. Las narraciones de la pasión cobran nueva vida, como si los hechos se repitieran efectivamente ante nuestros ojos. Todos los acontecimientos que conducen al arresto, al proceso y a la ejecución de Jesús son recordados y celebrados. Paso a paso, escena por escena, seguimos el camino que Jesús holló con sus pies durante los últimos días de su vida mortal.

La liturgia de la semana santa surgió de la devoción de los primeros cristianos en Jerusalén, donde Jesús sufrió su pasión. Desde los albores de la cristiandad, Jerusalén fue meta de peregrinaciones; y los peregrinos, entonces como ahora, gustaban de visitar los lugares de la pasión: Getsemaní, el pretorio, el Gólgota, el santo sepulcro. Entre los más interesantes documentos de los primeros tiempos que han llegado hasta nosotros destaca el diario de viaje de la peregrina española Egeria. En él se contiene una descripción gráfica de la liturgia de semana santa tal como se celebraba en Jerusalén alrededor del año 400 de nuestra era.

Tenemos mucho que aprender de la devoción de la Iglesia antigua según nos la presentan los escritos que de ella se conservan. Es verdad que los cristianos de Jerusalén tenían la ventaja de estar más cerca del Señor en el tiempo y en el espacio; pero no por eso nuestra devoción ha de ser menor. Después de todo, nosotros participamos en los misterios de Cristo no mediante imaginación o sentimiento, aunque también éstos tienen su cometido, sino por la fe. En la liturgia de semana santa, la Iglesia revive en la fe el misterio salvador de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
nbas





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