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11 de octubre de 2009

Reflexionando

Leyendo sobre la extraordinaria vida del Padre Pío, me encontré con esta frase:

"No tolero la crítica y la habladuría sobre los hermanos. Es cierto que a veces me divierte aguijonearlos, pero la murmuración me da náuseas. Tenemos tantos defectos que criticarnos a nosotros mismos ¿Por qué perder tiempo en lo de los hermanos?”
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He pensando mucho a raíz de esas palabras. Creo que se han escrito textos sobre es tema, sin embargo, esta vez me parece importante detenerme no ya en los chismes o juicios que podemos hacer de los demás, sino en nuestros propios defectos.
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Tener defectos significa que somos personas imperfectas y muy carentes de todo. Hay personas que por gracia de Dios tienen menos que otras, otros tienen pocos pero difíciles de extirpar, otros a lo largo de la vida van descubriendo defectos, de los cuales antes no se habían percatado. Incluso nuestro propio camino de santificación al poner resistencia, va dejando por decirlo así, el único defecto solo y el más difícil de arrancar: la soberbia.
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Muchos santos han vivido procesos así de difíciles, cuando ya han dado todo de sí mismos, cuando su camino de virtudes se ha completado, esa misma virtud podría eventualmente llamar a la soberbia, pues cuando se cultivan en grado sumo, como es el caso de los santos, necesitan llenarse de humildad para realmente ser virtudes.
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Pero volviendo a lo que nos interesa, herimos a los demás, hacemos sufrir a nuestros seres queridos, y muchas veces la causa son nuestros defectos. Esto que estoy diciendo no es algo abstacto, es algo de todos los días, de cada momento. Cuando uno se hace la tonta y deja para mañana lo que tiene que hacer hoy, cuando yo creo que de esta manera particular una persona sería más dócil al mensaje de Cristo, cuando con ciertos gestos míos o palabras, daño a los demás, cuando cometo errores y me equivoco y no pido perdón, es cosa de ponerse a meditar y uno va a encontrar muchas razones de qué ocuparse. Esto nos puede llevar a pensar en lo inútil y destructivo que es fijarse en los defectos de los demás, cuando si nosotras realmente quisiesemos que el otro cambiase un defecto, primero, lo haríamos con nuestro testimonio que habla en silencio y por sí mismo.
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Cuando uno daña a personas el corazón se llena de pena. Porque en el fondo, además de dañar a una persona, lo estamos haciendo con Dios mismo. Si no le ponemos atajos a los defectos, lo que estamos haciendo es vivir como los animales, que se dejan llevar por el instinto. No nos estamos guiando por el amor, que es un fuego permanente, constante, que nunca acaba.
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El Padre Pío bien hacía en preocuparse de los propios defectos antes que los ajenos. Comprendía que por más dones extraordinarios tuviese, no por eso dejaba de ser un pecador que en cualquier momento cedia al mundo. Lo tenía muy claro, y además tenía el sufrimiento en una altísima estima, los defectos de los demás eran para él una oportunidad más que una queja para fomentar en las virtudes de la paciencia, la mansedumbre, en definitiva, llegar al dolor de Cristo…
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¿Por qué no podemos seguir este camino? Es dificil, a veces nuestro corazón muy frágil se nos arranca. Me pasa a menudo a mí, todos los días. El mismo dolor que entraña dañar a los demás nos puede llevar a tomar conciencia y a pensar que gracias al sufrimiento podremos consolar antes que ser consolados, como diría San Francisco de Asís. Porque si Dios permite el sufrimiento es con un objetivo, un propósito, y las personas que Dios les ha enviado más sufrimientos, y comprenden su sentido, están llamadas a consolar a quienes sufren, a transformarlo en amor.
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Todas estas cosas son las que decidirán si amo o no amo, no hay que tener miedo a reconocerlas porque en ese caso muy soberbios seríamos al no pedirle compasión a Dios por nuestro pobre corazón.



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