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11 de febrero de 2013

La gracia de Dios

Simón era un joven canadiense que necesitaba dinero para hacer frente a su adicción a las drogas, pero ¿cómo ganarlo a los 17 años de edad? Se puso a vender la droga él mismo. Dos condenas no pusieron fin a su narcotráfico.

Al cumplir 18 años fue invitado a una reunión: allí oyó el evangelio y comprendió que Dios lo había amado hasta dar a su propio Hijo. Ante Dios reconoció todo el mal que había cometido; la paz lo invadió y fue liberado de su antigua vida.

Pero debía ser juzgado por tercera vez. Ya era mayor de edad y tenía miedo; sabía que esta vez merecía una severa pena de prisión.

Llegó el momento de comparecer ante el juez. Silenciosamente clamó a Dios, Simón no ocultó nada y su confesión alivió su conciencia. La audiencia estaba a punto de terminar, el juez levantó su martillo: ¿Cuál sería el veredicto? “Lo que usted ha hecho merece siete años de prisión…(silencio)…pero teniendo en cuenta su actitud, he decidido perdonarle una vez más”. Y el martillo cayó.

“En ese momento comprendí lo que es la gracia de Dios”, dijo Simón. Dios no dice “Lo que haz hecho no es grave” o “Yo soy el buen Dios que siempre perdona”. ¡No! Él dice: “Sólo mereces la condena, pero como reconoces tus faltas, te arrepientes, confías en mí y en Aquel que pagó en tu lugar, te perdono”.

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