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15 de diciembre de 2012

Sigámonos preparando

Seguimos caminando en el Adviento, sintiendo cada vez más presente y más cercana la meta de este camino. Como en todo camino también es bueno parar para contemplar, parar para mirar a nuestro alrededor, parar para darnos cuenta que este camino que recorremos es un camino compartido, pues nosotros, poco a poco, vamos llegando a la meta; pero, al mismo tiempo, Él también está llegando…

Queremos celebrar la Navidad dando gracias por el nacimiento de Jesús, pero no sólo por el nacimiento de Jesús para el mundo entero; sino, muy especialmente, por el nacimiento de Jesús en nosotros, en nuestras vidas.

El Adviento es recordar nuestro camino de todo el año, donde Jesús parte con nosotros como compañero en la larga caminata. Seguro que hemos tenido momentos de compartir con Él al mismo ritmo, al mismo paso… en otras ocasiones nos habremos distanciado de Él: el cansancio, el hastío, la incomprensión, las “ofertas” del camino que nos hacen pararnos y cambiar la marcha… En otras, eufóricos, le habremos sobrepasado dejándole detrás nuestra… El Adviento nos sirve para recobrar el paso, acelerar si es que nos hemos quedado un poco rezagados en nuestra marcha, obnubilados por esas “ofertas” que nos ofrece el camino, o bien, sosegar el ritmo si es que, por nuestras prisas de llegar los primeros, nos hemos olvidado de por qué iniciamos esta caminata.

Muchas veces lo mejor para recobrar el ritmo, aunque suene paradójico, es “parar”… parar para “contemplar”, parar para “mirar a nuestro alrededor” y, sobre todo, parar para darnos cuenta que este camino que recorremos es un “camino compartido”. Queremos llegar a la meta con el Compañero con el que salimos. El camino ha sido largo y queremos celebrar con Él todo lo vivido, los momentos malos y los buenos, las penas y las alegrías. Es momento de recordar toda esa gente que ha salido a nuestro encuentro, los que nos han acompañado en el caminar, los que nos han ignorado, los que nos han ofrecido cobijo y alimento, los que nos han despedido con un fuerte abrazo…

Os dejo con la Parábola del Silencio que es una maravilla.

Espero que este momentito de silencio sea esa “parada” necesaria para recobrar el ritmo.

El reino de los cielos
se parece a un hombre
que vendió todas sus palabras
para comprar un silencio.

Cuando el silencio fue suyo
entró en él, despacio,
sin hacer ruido.
Lo sembró, lo regó, lo cuidó…
y al poco tiempo
brotó una «palabra jamás oída».

Él la escuchó
sin decir nada.
Y la palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.

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