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2 de diciembre de 2012

Recordando

Aunque han pasado muchos años, nunca he olvidado a aquellos encantadores hermanos gemelos, mis amigos gordos de la escuela que ya no sé de ellos.

Doménico, era juguetón, bromista, risueño, nuestro Gordo Alegre. En cambio, César, era callado, melancólico, solitario, nuestro Gordo Triste.

A donde iba el Gordo Alegre, atrás de él, siempre lo seguía el Gordo Triste.

Al Gordo Alegre le encantaba el fútbol. Todas las tardes, a la hora de salir de la escuela, corríamos con él hacia un parque inmenso para jugar emocionantes partidos hasta el anochecer. Y por supuesto, detrás de nosotros, corría pesadamente el Gordo Triste.

-¡Al arco los gordos!- gritábamos y el Gordo Alegre, que era un excelente arquero, hacía su arco con dos piedras grandes y prometía que nadie le haría un gol.

-¡Tapa en el otro arco!- siempre le decía al Gordo Triste. Pero él nunca tapaba. Prefería sentarse en una banquita y ver, en silencio, lo bien que tapaba su hermano.

¡Y cómo tapaba Doménico! . Con sus buenos reflejos, qué bien se las arreglaba para atajar tremendos cañonazos y cabezazos, tiros libres y penales. Apenas le hacían uno que otro gol cuando ya estaba demasiado cansado.

Pero un día, ya no quiso ser arquero. Soñaba con ser delantero y anotar muchos goles. Pero con los 100 kilos que pesaba, era muy difícil. Entonces, decidió bajar de peso.

-No, Mami. Solo quiero dos panes. Desde ahora bajaré de peso- le dijo a su madre cuando ella le sirvió los 10 panes que todos los días se comía. Ella se asombró y lo felicitó por su decisión.

Dejó de comer hamburguesas, pizzas, mantequilla, tamales, dulces y otras cosas que hacían engordar. Y en su lugar, comía más verduras y frutas. Y mucha agua mineral en vez de gaseosas.

- Tú también has lo mismo, César- le decía la madre al Gordo Triste. Pero él, sin oír consejos, se iba silencioso y cabizbajo a su cuarto.

Al ver que Doménico bajaba de peso poco a poco, se preocupó de que pronto sería el único gordo del colegio y ya no sentiría la calurosa compañía de la gordura del Gordo Alegre.

A los pocos meses, Doménico ya no era nuestro Gordo Alegre. Lucía esbelto y podía correr más que antes. Entonces, empezó a jugar de delantero y anotaba muchos goles con gran destreza y agilidad. Con sus fenomenales goles, se volvió en la estrella y héroe de nuestro salón en los campeonatos del colegio.

-¡Tres hurras por Doménico, Jiji, rráaa, jiji, rráaa, jiji, rráaa!- coreábamos mientras lo cargábamos en hombros en las tardes victoriosas.

¿Y el Gordo Triste? ¡Oh, pobrecito nuestro Gordo Triste! César se tornó más triste que nunca. Cuando corríamos con Doménico hacia el parque, ya él no podía alcanzarnos. Se quedaba muy pero muy detrás de nosotros.

A las pocas semanas, cuando llegaron las vacaciones, César empezó a sentirse terriblemente sólo ya que Doménico paraba jugando por equipos de otros barrios.

El Gordo Triste ya no quería salir a ninguna parte. Se la pasaba armando rompecabezas en su cuarto y observando a las hormigas que trepaban las paredes.

Hasta el apetito perdió.

-¿Qué tienes, hijo, que no has probado ni un bocado?- le decía su preocupada madre, al ver que había dejado toda la sopa y el arroz con pato que tanto le gustaba. Pero el Gordo Triste, sin responder, como siempre, se refugiaba pensativo en su cuarto, extrañando al hermano ausente que casi no lo veía en casa.

Hasta que un día la madre le contó a Doménico lo que estaba pasando con César. Presuroso, Doménico fue a buscar al Gordo Triste a su cuarto pero no lo encontró. Fue al lavadero, al baño, a la cocina, al corredor, al jardín y nada. Entonces, lo encontró hablando de su mala suerte a los patos y gallinas en el corral que estaba detrás de la casa.

-Hermanito- le dijo Doménico y lo abrazó. El Gordo Triste rompió a llorar largamente.

-¿Por qué me has dejado sólo?- balbuceaba, quejándose de sus penas, que ahora ya nadie lo defiende cuando lo molestan por las calles por ser el único gordo.

-Perdóname, hermanito. Pronto, nunca más estarás sólo- dijo Doménico, secándose las lágrimas que no pudo evitar y prometiéndole mil cosas y llevándolo a la mesa para almorzar juntos.

Desde entonces, Doménico decidió volverse gordo como antes. Comía muchos dulces, tamales, mantequilla, pizzas y hamburguesas. Y no uno sino diez panes. Y muchas gaseosas.

Y cuando volvimos a la escuela, Doménico ya era otra vez nuestro Gordo Alegre, para alegría del Gordo Triste.

A donde iba el Gordo Alegre, el Gordo Triste lo seguía más contento que nunca.

-¡Al Arco los gordos!- gritábamos como siempre al llegar al parque. El Gordo Triste, un poquito menos triste que antes, entonces nos prometía que pronto se prepararía para tapar. De vuelta en el arco, el Gordo Alegre, como antes, atajaba sensacionalmente los tremendos cañonazos que le disparábamos. El Gordo Triste, como nunca, esbozaba una leve sonrisa y hasta aplaudía lo bien que tapaba su hermano.

Después de cada partido, con los uniformes embarrados y los zapatillas desbaratadas, todos volvíamos a nuestras casas con las piernas y las cinturas adoloridas. Los vencedores, orgullosos, con los pechos henchidos de la paliza que le dieron al equipo rival, y los perdedores, refunfuñando y jurando cobrarse la revancha para el día siguiente.

Y a mí, cómo me gustaba ver a los inolvidables Gordos alejándose con sus traviesas siluetas robustas por el puentecito que conducía a su hogar. Brincando abrazados y felices en su fraternal gordura, hasta desaparecer ambos por los horizontes rojizos de las tardes ancianas.
d/a

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