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6 de agosto de 2012

El ciego Celemín

Cuenta la historia que hace mucho tiempo, en una pequeña ciudad del norte de Italia un hombre caminaba con una lámpara de aceite encendida.

Era una noche muy nublada y la luna estaba totalmente oculta.

El hombre caminaba y caminaba, de un momento a otro se encuentra con un viejo amigo que pasaba por el lugar que el transitaba.

El amigo al verlo lo saluda y le pregunta :

-Hola celemín, ¿Qué haces con esa lámpara en la mano si tu no puedes ver?

Entonces, el ciego le responde:

-Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria.

Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mi…

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Reflexión:

No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan ver.

Antes de iluminar el camino de los demás, es mejor iluminar nuestro propio camino primero para ver bien por donde andamos, pero eso no quiere decir que no podamos hacer un esfuerzo por iluminar la vida de otros cuando ya nosotros conocemos el camino por donde ellos apenas van a transitar.

“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”
Mateo 5 :14

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