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16 de enero de 2012

El espejo que embellece

El horrible ogro que todos odiaban compró en la tienda un espejo de su propio tamaño.

Lo colocó en uno de los muros de su palacio. Podía verse en él de cuerpo entero.

El vendedor le había asegurado algo que terminó por convencerlo.

- Este espejo lo embellecerá, mi excelentísimo señor, se verá usted en él como siempre quiso verse.

Pasaba horas el ogro frente al espejo comprobando sus bondades. Era cierta la promesa del tendero, podía verse allí como siempre había soñado ser.

Cambió el ogro su mirada sobre sí mismo, y consiguió que todos lo vieran distinto, a pesar de que su cuerpo no se había transformado.

Ya no era tan horrible para los demás, porque había comenzado a embellecerse para él.

Ya no era odiado por todos, porque había aprendido a quererse en el espejo.
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Moraleja:

Descúbrete a tí mismo con amor, para que los demás comiencen a quererte.

La belleza siempre impacta. Nadie puede dejar de reconocer que la belleza física es un factor deseable y deseado y que, en primera instancia, puede abrir muchas puertas. Pero más allá de favorecer un primer acercamiento, no asegura nada.

La belleza física, de por sí, no puede asegurar la perpetuidad o la continuidad de los sentimientos despertados por la persona que la posee.

La belleza interna, la belleza del espíritu, en cambio, puede perpetuar los sentimientos y hacer que los mismos perduren incluso después de la muerte... y en el recuerdo. Y además, con la belleza interior sucede un fenómeno opuesto a lo que sucede con la belleza externa. El paso de los años desluce inexorablemente las bondades del cuerpo. Y aunque se lo cultive y hasta se lo someta a cirugías, su belleza decrece con los años.

En cambio, para quienes cultivan lo lindo de su interior, con el paso del tiempo ocurre lo contrario: El cuerpo envejece, pero el espíritu se hace cada vez más noble y más hermoso. Por eso, cuidemos nuestro cuerpo, es importante. Pero fundamentalmente cuidemos nuestro espíritu, ya que es muchísimo más importante. Y enseñemos a nuestros hijos a cultivar y valorar la belleza interior.

Esa, que es la que despierta sentimientos verdaderamente auténticos y duraderos, que son, en definitiva... los únicos que sirven.

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