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5 de diciembre de 2011

Un encuentro feliz

Tras los cristales de la estación del tren, unos ojitos miraban como la nieve caía copiosamente. Óscar era un niño que abandonaron en una puerta, el 24 de diciembre. Jamás conoció ni a su madre ni a su padre. Fue criado en un hospicio, donde las ratas y las cucarachas eran mejor miradas que él. No tenía zapatos y sus ropas estaban llenas de remiendos. Pasaba las horas pidiendo limosnas en la estación del tren. Apenas tenía 6 años y ya había vivido muy malos momentos. Hasta que un día se escapó de los cuidadores del hospicio, donde pasaba hambre y era maltratado todos los días.

Cuando Óscar dormía en un banco de la estación, un señor no paraba de mirarlo. El hombre pensaba en su hijo, que tendría su misma edad. ¡Qué mala suerte la del señor! Tiempo atrás, a él y a su esposa le robaron del carrito a su bebé. Lo curioso es que, cuanto más lo miraba, más parecido le encontraba a él de pequeño. Este hombre era un abogado que estaba económicamente muy bien. Unos delincuentes fueron a su bufete y juraron vengarse por haber metido en la cárcel a su padre. Cuando su mujer dio a luz en el hospital el 24 de diciembre, los delincuentes se disfrazaron de médicos y les robaron a su hijo. Les dejaron una nota que decía:

-”24 de diciembre. Nos quitaste a nuestro padre, nosotros te quitamos a tu hijo”.

Fue buscando por todos los rincones de la ciudad. Fueron las navidades más tristes de su vida. Del niño jamás se supo nada. Los delincuentes lo abandonaron en un portal.

El señor se levantó de su asiento y cogió a Óscar en brazos, con su carita sucia. Al cogerlo, el niño se asustó porque no lo conocía y comenzó a decir:

- Señor, señor, yo no le he hecho nada. Por favor, no me pegue, por favor.

- No, no te asustes. ¿Dónde están tus padres? -dijo el señor.

Óscar lo miro con lagrimas en los ojos y le contestó que no tenía.

- Pero, ¿tú qué haces hoy, en este día tan frío, con la nevada que hay, aquí afuera y no estás en casa? -preguntó el hombre-.

El niño le respondió: Pero es que nadie me quiere.

- ¿Quieres venir a mi casa y, si quieres, al día siguiente buscamos a tus padres?

Óscar abrió los ojos grandes y vio en la cara de ese hombre unos ojos llenos de ternura, que él jamás había visto. Óscar accedió y se cogió de la mano del hombre.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó el señor.

- Me llamo Óscar –respondió.

El hombre se quedó sorprendido porque se llamaba igual que su hijo. Óscar se sacó de su bolsillo un cordoncito que llevaba desde pequeño al cuello con una cruz. El hombre, al ver el cordoncito, no se lo podía creer, ése era el mismo que ató al cuellecito de su bebé. Cada vez presentía que la búsqueda estaba a punto de acabar. No se lo creía, esto era un milagro.

Se dirigieron a la casa, tocaron y la mujer abrió la puerta. Vio a su marido con un niño mugroso y desvalido.

- ¿Quién es querido? –preguntó.

- Míralo bien y di a quién ves -le dijo.

La mujer no podía contener las lágrimas mientras abrazada al niño: ¡No puede ser!

-exclamaba-, ¡esto es un milagro!

Óscar miraba con asombro y se preguntaba por qué sabía esa mujer su nombre. La mujer no paraba de llorar. Óscar se lo pregunto y ella le contestó: Soy tu madre, te hemos buscado mucho tiempo.

Óscar no se lo podía creer, lloró de felicidad. -¡Por fin tengo papás! –decía. Y todos, contentos y felices, pasaron una maravillosa navidad.

Lucía Salmerón

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