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2 de junio de 2011

Los ojos mágicos

En la aldea de Faken, en los más recóndito de Friedland, vivía un panadero alto y delgado llamado Fouke, hombre recto, de barbilla y nariz largas y delgadas. Fouke era tan probo que parecía salpicar rectitud desde sus labios delgados a cualquiera que se le acercaba, por lo que la gente de Faken prefería mantenerse alejada de él.

La esposa de Fouke, Hilda, era pequeña y redonda, sus brazos eran redondos, su vientre era redondo, sus caderas eran redondas. Hilda no mantenía a raya a la gente con sus lecciones de honestidad; su suave redondez parecía invitarlos a acercarse a ella para compartir la calidez de su corazón abierto.

Hilda respetaba a su virtuoso esposo, y lo amaba también en la medida en la que él se lo permitía; pero su corazón anhelaba de él algo más que su valiosa rectitud.

Y ahí, en el lecho de su necesidad, yacía la semilla de su tristeza. Una mañana, habiendo trabajado desde el amanecer, amasando su pasta para los hornos, Fouke llegó a casa y encontró a un extraño en su recámara, recostado sobre la cadera redonda de Hilda.

El adulterio de Hilda pronto se convirtió en la conversación de la taberna y en el escándalo de la congregación de Faken. Todo el mundo supuso que Fouke echaría a Hilda de su casa, ya que era tan recto. Pero sorprendió a todos al mantener a Hilda como su esposa, diciendo que la perdonaba como la Biblia decía que debía hacerlo.

Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, Fouke no podía perdonar a Hilda por haber manchado su nombre. Siempre que pensaba en ella, sus sentimientos eran de rabia y dureza; la despreciaba como si fuera una prostituta. La odiaba por haberlo traicionado, después de haber sido él un esposo tan bueno y tan fiel.

Fouke sólo fingió perdonar a Hilda para poder castigarla con el peso de su recta misericordia. Pero la falsedad de Fouke no tiene un lugar en el cielo.

Así es que cada vez que Fouke sentía su odio secreto hacia Hilda, un ángel llegaba hasta él y dejaba caer una pequeña piedra, apenas del tamaño de un botón, en el corazón de Fouke. Cada vez que una piedra caía, Fouke sentía un dolor tan agudo como el que sintió cuando encontró a Hilda alimentando su hambriento corazón en la despensa de un extraño.

Por lo tanto, la odió aún más; su odio le trajo dolor y su dolor lo hizo odiar. Las piedrecillas se multiplicaron, y el corazón de Fouke creció por el peso; tan pesado se hizo que la parte superior de su cuerpo se dobló y, para poder ver hacia delante, fue necesario forzar el cuello. Abrumado por el dolor, Fouke empezó a desear estar muerto.

El ángel que dejó caer las piedras en su corazón llegó hasta Fouke una noche y le comunicó que su dolor sería curado. Había un remedio, dijo, sólo uno, para la herida de un corazón lastimado. Fouke necesitaría el milagro de los ojos mágicos. Necesitaría ojos para ver hacia atrás, cuando se inició su dolor, para ver a Hilda no como la esposa que lo traicionó, sino como una mujer débil que lo necesitaba. Sólo una nueva manera de ver las cosas a través de los ojos mágicos podría sanar el dolor que fluía de las heridas del pasado.

Fouke protestó. «Nada puede cambiar el pasado», dijo. «Hilda es culpable, un hecho que ni siquiera un ángel puede cambiar.»

«Sí, pobre hombre adolorido, tienes razón», dijo el ángel. «Tú no puedes cambiar el pasado, sólo puedes curar el dolor que te llega de él. Y sólo puedes sanarlo a través de la visión de los ojos mágicos.»

Y cómo puedo conseguir los ojos mágicos?», se enfurruñó Fouke.
«Sólo pídelo con anhelo y te serán otorgados. Y cada vez que veas a Hilda a través de tus nuevos ojos, una piedra será removida de tu corazón lastimado».

Fouke no pudo hacer su petición inmediatamente, pues había aprendido a amar su odio. Pero el dolor de su corazón finalmente lo condujo a desear y pedir los ojos mágicos que el ángel había prometido. Así es que pidió. Y el ángel otorgó.

Pronto, Hilda comenzó a cambiar ante los ojos de Fouke maravillosa y misteriosamente. Él empezó a verla como una mujer necesitada que lo amaba, en lugar de la mujer vil que lo había traicionado.

El ángel cumplió su promesa: empezó a remover las piedrecillas del corazón de Fouke, una por una, por lo que se tardó bastante en remover todas. Fouke gradualmente sintió que su corazón se aligeraba, empezó a caminar erguido nuevamente, y, de alguna manera, su nariz y su barbilla dejaron de ser tan delgadas y agudas. Invitó a Hilda a entrar en su corazón nuevamente, lo que ella hizo, y juntos empezaron un viaje hacia una segunda etapa de humilde felicidad.

Lewis Smedes


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