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5 de julio de 2010

Noches de verano

Cuando era niña, me gustaban las noches de verano. Solía pasar largos ratos antes de la cena balanceándome en el columpio que teníamos en el jardín de la casa. Mi padre había hecho casi una obra maestra partiendo de un cajón de madera y unas gruesas cuerdas. Estaba colgado de un fuerte árbol frutal bastante añejo, creo que era por eso por lo que crujían tanto las ramas cada vez que soplaba el viento o rezumaban las gotas de humedad después de un día de lluvia.

Aquellas noches de verano tenían la magia de mis pocos años. Aún recuerdo la esbelta silueta de mi madre cuando se acercaba para mirarme. La oscuridad del jardín se iluminaba con su rostro. Si alguien me preguntara ahora el significado de la palabra felicidad, mi respuesta sería algo tan simple como el contemplar la inocencia, la candidez de una niña que entonces se sentía feliz bailando con el vaivén de su viejo columpio y que intentaba en cada impulso subir cada vez más alto para poder alcanzar la luna.

En las noches de verano soñamos los soñadores, los que de alguna manera tenemos la imaginación demasiado cargada de ilusiones. Soñaba de niña cosas inverosímiles a veces y otras demasiado complicadas que me llevaban incluso a tener miedo a dormirme. Hay una terrible experiencia por la que muchos hemos pasado en nuestra infancia, los llamados "terrores nocturnos" que muy poco se habla de ellos porque ocurren en una etapa tan prematura que el propio tiempo se encarga de disiparlos.

Soñar, soñamos de cuatro a cinco veces en la noche. Pero deberían ser siempre sueños hermosos y en cambio muchas veces son sueños terribles.

Hoy sueño que algunos días sin nombre fui feliz y ahora le pongo nombre a los días para serlo siempre, para hacer de cada noche de verano un sueño interminable más allá del alba, cuando me abrase los pies bajo las estrellas.


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