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14 de marzo de 2010

El pueblo de la luz

Había una vez un pueblo que vivía en la más completa oscuridad. Ningún habitante de aquel lugar había visto jamás la claridad.

Caminaban por la vida como los ciegos, palpando todo lo que encontraban a su alrededor y en multitud de ocasiones cuando la gente salía a la calle tropezaba con el primer obstáculo que encontraba en su camino.

Aquel pueblo era como estar completamente metido en una mazmorra o una mina sin luz. Lo más curioso es que todo el mundo estaba durante toda la jornada buscando como loco algo que iluminara, porque una vez habían oído que alguien dijo:

- "Te hago luz de las naciones. Tú eres mi pueblo y debes iluminar para que todo el mundo vea el camino".

La verdad es que nadie sabía qué es lo que debía buscar para que apareciese la luz, pues nadie la conocía. Era curioso verles buscar. Se aferraban a todo lo que encontraban y ante cualquier cosa con la que tropezaban siempre decían:

- "¡Para mí! ¡Esto es mío!..." Por si acaso fuera la luz.

Un día, nació un niño y la gente cuando lo palpaba para reconocerlo decía:

- "Este chaval es distinto".

Incluso sus padres, llegaron a preocuparse, porque no actuaba igual que los demás. Aquel muchacho se extrañó todavía más, y lo único que se le ocurrió añadir fue:

- "Te ayudo".

Era la primera vez que oían aquellas palabras en la cueva de la oscuridad y retumbaron con fuerza enorme. La cueva quedó sumergida en el mayor de los silencios, parecía como si todos se hubieran quedado paralizados; pero lo que más asombró no fue el eco especial, sino que por un momento había surgido un resplandor, un destello asombroso.

La gente estaba admirada y su corazón latía a gran velocidad. El muchacho volvió a repetir:

- "¿Quieres que te ayude a buscar?"

Y aquel resplandor volvió a aparecer ante el silencio asombrado de la gente.
El chaval se quedó iluminado como la pequeña llama de la vela y los habitantes de la cueva pudieron ver... que el muchacho era una luz.

Además, se fueron dando cuenta de que todos ellos eran luces, sólo que estaban apagadas y sucias. Las casas eran faroles en los que no cabía nadie porque estaban llenos de porquería y de trastos inútiles que cada uno había ido almacenando. La plaza de aquel pueblo, era un antorcha enorme, pero estaba a punto de quedar sepultada en medio del desorden.

Cada vez que alguien ayudaba a otro a retirar algo, a limpiar algo, cada vez que alguien ayudaba a otro a caminar, se encendía dentro de él una luz. Y poco a poco aquellos faroles sucios, destartalados, se fueron convirtiendo en la ciudad de la luz.

La luciérnaga que me contó este relato, cuando le pregunté por aquella ciudad, me dijo:

- "Sólo sabe cada hombre dónde está. Y para localizarla, es preciso buscar los planos dentro del corazón de uno mismo."

Y añadió:

"Solamente aquellos que deseen ser luz, lograrán encontrarla".


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