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18 de octubre de 2009

Adios querida mia


Desperté con un dolor intenso, casi insoportable, después de más de cinco horas de haber pasado por el quirófano. A mi lado estaba una solícita enfermera que me miraba sin mirarme, con aquellos ojos entrenados para no dejar filtrar ningún sentimiento.
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Mi vida había cambiado de la noche a la mañana. No había pasado ni dos días desde que el médico me dio los resultados de la biopsia de mama. Me había preparado desde el día anterior diciéndome:
-Ten todo listo, mira lo de tu seguro, por si acaso, después de todo si es negativo te pegas la borrachera de tu vida.
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Ni bien vio las placas de mi mamografía intuyó lo que después confirmaría la biopsia. Tenía cáncer. ¿Es que acaso alguien puede tener todo preparado para un diagnóstico de así?... Esa palabra atemoriza y no sé cómo los médicos pueden dar esa noticia. A mí me la dio de la mejor manera, creo sinceramente que fue la forma más atinada. Simplemente me dijo que en la vida unas son de cal y otras de arena y que hoy me tocaba luchar. Y eso fue lo que hice.
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Supuse que era combatiente, que debía prepararme para el combate y que mientras sólo perdiera una teta y no la vida, era desde ya un buen comienzo. El enemigo estaba en el seno izquierdo, bien localizado y, según yo, acorralado. Algo así como yo te tengo a ti y no tú a mí. Que la batalla la tenía que librar con todos mis afectos.
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Obviamente si pensaba en mis hijas, no iba a permitir se preocupasen asi que no debia demostrar temor ni bajar la guardia. Está claro que no iba a ir a mi operación sin ninguna estrategia. Decidí que debía preparar mi cuerpo, y no mi alma, para la intervención quirúrgica. Entonces me encontré hablándole a mi teta malherida – a la que seguramente tendrían que amputar- como si se tratara de una niña de 7 años. Le expresé todo mi agradecimiento por los buenos momentos y, sobre todo, por la leche materna que permitió nutrir a mis hijas. Con ese pequeño discurso pude sacudirme del miedo y despedirme de mi teta querida.
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Salí de mi casa, con dirección a la clínica, avisando a mi madre que me iba de fin de semana. No era el momento para darle la mala noticia. Cargué mi mini componente y un único disco, que en mi opinión, estaba a tono con cualquier tipo de situación. Eva Ayllón fue la elegida...
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Llegué a la clínica dispuesta a todo. Estaba realmente preparada, y no me dejé abrumar por ninguna pena por mí misma, al contrario, me urgía la necesidad de verme libre del tumor maligno y cuanto antes mejor. Apenas fui llevada a la sala de operaciones, escuché decir a mi médico, con una voz tranquila y paternal, que haría todo lo necesario para salvar mi seno enfermo, pero ese tema para mí ya estaba cerrado. Cuando desperté quejándome de dolor me pregunté qué había pasado con mi estrategia de combate. ¿Por qué mi cuerpo permitía que sintiera dolor? ¿Qué había pasado con todo el floro valiente que le había prodigado por última vez a mi seno? ¡Claro que me dolía, pero no era el corte ni la amputación de la mama! Era mi miserable ampolla en el talón que estaba siendo presionada por el elástico del botín que me pusieron en el quirófano. Retirada la venda quedé libre de sufrimiento y absolutamente libre de cualquier efecto secundario.
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Media hora después, ya ubicada en mi habitación, leía y veía televisión, conversando animadamente con mi hija. No necesité de tranquilizantes ni analgésicos. Mi médico quedó gratamente sorprendido con mi actitud y sólo atinó a preguntar, entre bromas, dónde estaba la paciente.
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Nunca hice drama de mi enfermedad, pero debo decir, en honor a la verdad, que mi cuerpo no es el mismo, tampoco yo soy la misma. Pero, creo estar bien.
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¡Me siento bien!





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