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29 de agosto de 2009

El precio del rencor

El pobre hombre se había convertido, casi sin pensarlo, en un carcelero. No es que fuera esa su verdadera vocación, ni aquello a lo que aspiraba llegar, sino que las circunstancias lo habían empujado a esto.
A lo largo de su vida fue reuniendo una gran colección de objetos oscuros hasta que fueron tantos que necesitó ubicarlos en algún lugar. Entonces, uno por uno los fue llevando a través de un largo y estrecho túnel para encerrarlos en la celda. Y allí está él ahora, sentado del lado de afuera de la reja, observando, vigilando.
En la celda se apiñan los objetos de su rencor, de su enfado y de su aflicción. Allí están todos, algunos ya viejos, otros más recientes. Todos aquellos que ofendieron, abandonaron, prejuzgaron, hirieron, ignoraron, engañaron, golpearon… Encerrados, presos de su resentimiento.
Él los observa, uno por uno, y al hacerlo es como si todo reviviera, puede sentir de nuevo el dolor, la humillación, la tristeza. Pero sigue allí, mascullando su ira sin darse cuenta que él mismo está tan preso como ellos.
Tal vez pensó que al hacerlos sus prisioneros se sentiría mejor, quizás podría sentirse vengado, tal vez creería que se hizo justicia. Pero el dulce sabor de la venganza que soñó es en realidad un gusto amargo que no puede quitar.
No hay satisfacción, no hay alivio para el dolor y no sabe cómo librarse.
No puede dejarlos ir, no sería justo. Hace tanto tiempo que los tiene allí… Los conoce bien. Sabe sus nombres. Recuerda cada fecha, cada circunstancia y cada día vuelve a transitar por el túnel para aferrarse a la reja y vigilarlos.
No gana nada con esto, él lo sabe muy bien. Al contrario, su oficio de guardián le insume tanto tiempo y tantas energías que no le quedan ganas de hacer nada más. Nada de planes, nada de proyectos de vida, nada de futuro… Sólo volver y volver sobre las heridas del pasado, una y otra vez, sentir un renovado dolor y sangrar. Se le nota en la mirada. Está enfermo. Se puede ver en cada gesto, en cada arruga que se inclina como un surco profundo hacia el mentón. ¡Qué ironía! Si hasta sus prisioneros parecen gozar de mejor salud. Después de todo cada día los visita y los atiende.
En cambio él se ha quedado solo desde que los más cercanos se alejaron a consecuencia de la amargura que sale de su boca. Ha persistido en el rencor y está pagando un alto precio por eso: soledad y su propio encarcelamiento… Y aún cuando añora salir de esta situación, no puede, no sabe… ¿o no quiere?
A veces, cuando el cansancio lo agobia, rebusca en su bolsillo y saca la llave. Es una pequeña llave con una inscripción grabada en su costado: “Perdón”.
La mira y la hace girar en su mano, como jugando, observando, pensando…
Poco a poco, como un eco lejano que viene desde los rincones más escondidos de su memoria, llegan unas palabras que alguna vez recitó cuando era niño. Ya casi las había olvidado: “…y perdona nuestras ofensas…como nosotros también hemos perdonado…”
Perdón… Perdona… Perdonar…
Las palabras parecen rebotar en las estrechas paredes del túnel y aparecen nuevos ecos cambiantes… “¡Sé libre…! ¡Déjalos en libertad…!
Libres… Libéralos… Libérate…
Pero, ¿cómo podría?
Sus sentimientos le gritan en contra… “¡No, no, no! ¿No recuerdas…? ¡Recuerda! ¡Recuerda lo que te hicieron!”
Pero aquella voz insiste… “Usa la llave, usa el perdón y entonces serás libre… ¡Decide! No importa lo que sientas, porque el acto de perdonar no es un sentimiento, sino una decisión. ¡Tómala ahora! ¿Qué vas a esperar? Esos viejos rencores te están matando… ¡Decide!”
El chirrido de la reja al abrirse casi lo sorprendió. ¡Lo había hecho! Después de años y años de remover el puñal en la herida, había usado la llave.
Extiende la mano hacia el interior de la celda haciendo un gesto que los anima a salir, a marcharse de allí, y uno a uno los observa partir. De a uno, de a dos, hasta que no queda ninguno, y a medida que se alejan siente como pequeñas y grandes heridas empiezan a sanar. De a poco, lentamente, van cicatrizando hasta que se da cuenta que los recuerdos ya no duelen. Está sano y es libre por fin.
Mira la celda vacía y luego gira para enfrentar el túnel que transitará por última vez. Mira la llave que tiene en su mano, la guarda en el bolsillo con una sonrisa y sale, liviano, reconfortado.
Ha descubierto en esa pequeña llave, en esa breve palabra, un inmenso poder que no piensa dejar de lado nunca más.


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