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23 de febrero de 2009

La Ausencia

Si el hecho de eliminar al Divino de nuestra vida debiera traducirse por una pérdida de dinero, por mínima que fuese, reaccionaríamos de inmediato. ¡ Es lamentable que nuestra indiferencia no nos lleve a correr riesgo alguno ! El sol extiende sobre nosotros su resplandor, la tierra nos nutre; la sociedad humana, a través de sus empresas de ramificaciones sin fin, satisface mejor o peor nuestras innumerables necesidades. Sin embargo, al no vincularnos conscientemente al Todo, ¡ cuán gran vacío creamos en nuestro interior ! Mas, ¡ ay !, en tanto esta verdad se nos escapa, proseguimos tranquilamente nuestro camino, sin plantearnos preguntas; y como vivimos en la sociedad de la abundancia, nos consideramos criaturas bendecidas por Dios.
¿ Cómo hacer entender hasta qué punto nos perjudicamos con semejante actitud ? A título de de ejemplo, voy a relatar uno de mis sueños nocturnos. Perdí a mi madre cuando era muy pequeño y crecí sin su presencia a mi lado. Ahora bien, la noche pasada volví a verme de niño en una casa de campo al borde del Ganges. Mi madre se ajetreaba en el interior. Para una criatura, vivir cerca de su madre es algo completamente natural, y el pensamiento de su presencia no ocupa en todo momento su mente. Por consiguiente, pasé por delante de la habitación donde se encontraba sin pensar en ella. De pronto, no sé por qué, cuando llegaba a la terraza me acordé de que estaba allí, muy cerca; al instante corrí hacia ella y le hice mi pranam (saludo habitual en la India para expresar respeto). Me cogió de la mano y se limitó a decirme: "Has venido....".
Mi sueño, que concluyó en ese instante, me sugirió algunas reflexiones. Bajo el techo familiar, un niño va y viene, diez veces al día, por delante de la puerta de su madre. Sabe muy bien que está allí, pero actúa como si lo olvidase. ¿ Le embarga un sentimiento de carencia ? En cualquier caso, ella llena la despensa y le prepara la comida; cuando se duerme, está junto a su cama y le abanica sin cansarse. Está atendido, vestido, alimentado. Única diferencia: ella no le coge la mano, no le dice: "Has venido...". No obstante, el día en que comprende plenamente el valor de tal contacto y tales palabras, ya no aspira a otra cosa que a oír la voz de su madre y sentir el calor de su mano. Y si la necesidad que tiene de ella no puede ser colmada, vaga de habitación en habitación, por la casa tan bien provista de todo pero donde ya nada tiene para él ni encanto ni sabor.
En la sociedad actual, rara es la gente que sabe acercarse realmente a las personas o las cosas que constituyen su entorno. Si bien en ocasiones presentimos la verdad de un alma tras las apariencias, por lo general ocurre sin haberlo buscado. Sucede lo mismo incluso con el ser más querido, con el cual compartimos nuestra existencia. ¡Cuántas veces conversamos con él en la intimidad ! ¡ Cuántas veces paseamos a su lado, en el claroscuro del alba o del crepúsculo ! Ahora bien, de todos esos momentos pasados juntos, acaso sólo uno emerge, un momento privilegiado en que nos sentimos en total comunión con él.
Miles de individuos no han conocido nunca, en toda su vida, una unión profunda. Jamás se han sentido cerca de nadie en el mundo y, nacidos en esta tierra, ni por un segundo han establecido una estrecha relación con ella. Sin embargo, no son conscientes de ello. Porque siempre están a punto para divertirse, para distraerse, para charlar o discutir al capricho de los encuentros, porque comparten con algunos las actividades y responsabilidades cotidianas, se creen ligados a todos. Que tales relaciones carezcan, de hecho, de valor real es una idea que supera su entendimiento.
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Rabindranath Tagore


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