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18 de octubre de 2008

Tuve un sueño

En mi sueño yo veía cómo cada cual se preocupaba por el que estaba a su lado. Y no importaba tanto lo que yo tuviera, sino lo que podía dar a los demás. No importaba cuántas eran mis riquezas o mi fama, sino que lo importante era saber dónde dormiría mi hermano en necesidad, cómo se alimentaría, quién curaría sus heridas.

Aquel sueño era tan real. Aún el más pobre tenía un pedazo de pan con que alimentarse y en el rostro de cada uno se percibía tanta inocencia.

No había maldad, ni envidias o celos, no había rencores ni deseos de venganza. No había hipocresía, sólo había un amor genuino, un amor perfecto. Vi tantas cosas en mi sueño. Vi tantos rostros, tantas manos pidiendo ayuda, y tantas manos brindando ayuda. Vi tantos niños sonriendo, pero también vi tantos niños sufriendo.

Aquel sueño era tan extraño. Cuando en mi sueño alguien lloraba, otro lo consolaba. Y cuando alguien pedía ayuda, siempre había más de uno para brindársela. Cuando alguien necesitaba amor, siempre había a manos llenas. Y cuando alguien caía, siempre aparecían unas manos para levantarlo. Así de extraño era aquel sueño...

Han pasado unos cuantos años. Ya todos se han ido. Y aquí estoy yo, colgando de esta cruz. Sólo mi madre y unos cuantos me acompañan. Los otros se ríen, se burlan de mí. Hasta los que creía mis amigos, con los que tantas veces hablé de cosas tan sencillas. Con los que tantas cosas compartí sin pedir nada a cambio. Los mismos que sané físicamente, pero que seguían enfermos del alma. Y todo por tener un sueño.

Sin embargo, no todo se ha perdido. Los clavos y la cruz no pudieron detenerme. Los azotes, las caídas y la corona de espinas sólo sirvieron para darme más fuerzas. Y la lanza en mi costado no pudo terminar con mis sueños y esperanzas. Ahora más que nunca me doy cuenta de lo real que era aquel sueño. Pues aunque muchos se burlaban, allí estaba una madre abnegada luchando por lo que más quería, sufriendo desde lejos por el dolor de su hijo, preocupándose no por ella, sino por el fruto de sus entrañas y, aunque dolida, mirando a los demás con el amor perfecto, con el amor divino...

Tantos siglos han pasado y sigues aquí, con tu cruz a cuestas. Con el dolor y el sufrir, sin ánimos de levantarte. Tantos siglos han pasado y Yo sigo aquí, con mis manos extendidas y con el mismo amor perfecto que un día me entregó mi madre en aquella cruz. Tantos siglos han pasado y Yo sigo teniendo el mismo sueño...

Desconozco el autor



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