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10 de octubre de 2008

El camino de la memoria

En "Días y noches de amor y de guerra" me pregunté:

"¿Nos dará permiso la memoria para ser felices?".

Todavía no tengo respuesta.

En una novela de una escritora norteamericana hay un bisabuelo que se encuentra con su bisnieto. El bisabuelo no tenía ninguna memoria porque la había perdido. Estaba gagá. Sus pensamientos tenían el color del agua. El bisnieto no tenía ninguna memoria porque estaba recién nacido. Cuando estaba leyendo esa novela pensé: "Esa es la felicidad perfecta".

Pero no la quiero.

Quiero una felicidad que nace de la memoria y contra ella combate. Que proviene de la memoria y de la experiencia y que está de ella adolorida, que está de ella herida, está por ella lastimada, pero que a partir de ella camina. No es la memoria como ancla sino la memoria como catapulta, no la memoria como puerto de llegada sino como puerto de partida.

Hay una tradición indígena americana que existía en las islas del Pacífico, en Canadá y también en otras comunidades como Chiapas, en México. Consiste en lo siguiente: cuando el maestro alfarero va a dejar el oficio porque ya las manos le tiemblan y los ojos ven poco, entrega en una ceremonia su vasija mejor, su obra maestra, al alfarero joven que empieza.
El aprendiz recibe esa vasija perfecta y la revienta contra el suelo en mil pedacitos. Recoge esos pedacitos y los incorpora a su propia arcilla.

Esa es la memoria en la que yo creo.


Texto del escritor Uruguayo Eduardo Galenao



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